El regalo

Estas fiestas invitan a una pausa. “El ayer es historia, el mañana es un misterio; el hoy es un regalo, por eso le dicen presente ”. La frase persiste porque nombra algo definitivo: hay instantes que no se reemplazan. O se viven, o se pierden. Que la noche encuentre mesas abiertas, gestos sinceros y tiempo compartido. Te dejo para la playlist: Himno de Mi Corazón — Andrés Calamaro, Cachorro López y Melingo.
Notas de Autor20 de diciembre de 2025VanelogaVaneloga

Historias mínimas alrededor de la mesa

regalo

Sentarse alrededor de una mesa no cambia el curso de la vida. No endereza lo torcido ni resuelve lo pendiente. Pero establece una pausa. Un paréntesis breve en el ritmo que empuja todo el año.
Durante ese rato, cada uno ocupa su lugar y eso alcanza. No hace falta más.


En la mesa también están esas escenas que nadie nombra pero todos reconocen. Matrimonios que conversan con una cordialidad ensayada, cuidando las formas como quien acomoda una máscara conocida, sabiendo que debajo hay cansancio, cuentas pendientes, preguntas sin responder.

Una madre mira a su hijo adolescente y duda: si retarlo por la respuesta seca o acercarse y darle un beso antes de que se encierre del todo. Alguien sonríe mientras, por dentro, repasa deudas, fechas, pagos que no cierran, un enero que asoma con más interrogantes que certezas.

 Y aun así se sigue comiendo, brindando, pasando el pan. Porque incluso con lo que pesa, con lo que jode, con lo que preocupa, estar ahí sigue siendo una forma de aguantar juntos. Y eso, en esta tierra, también es quererse.

En algún momento alguien alcanza el pan sin preguntar. Otro sirve un poco más de lo previsto. Se comenta el calor, una demora, un tema menor que vuelve una y otra vez. Alguien repite una anécdota conocida y, aun así, se la escucha. Las risas aparecen desparejas. La mesa funciona por acumulación de gestos pequeños que nadie organizó, pero todos entienden.

Ahí aparecen quienes ya no están. No hacen falta nombres ni recuerdos explícitos. Se perciben en la forma de sentarse, en un modo de cortar la comida, en ciertos silencios que se respetan. La continuidad se impone sin anunciarse. La vida venía de antes y seguirá después. Esa certeza, por un momento, se vuelve evidente.

A veces surge una diferencia. Una frase dicha con torpeza. Un tema que tensa el aire. Alguien baja la voz, otro mira el plato, alguien cambia de asunto sin demasiada elegancia. No se resuelve nada, pero tampoco se rompe todo. La mesa argentina tiene esa virtud discreta: soportar el desacuerdo. Seguir estando aun cuando no todo encaja.

También se insinúan los que todavía no llegaron. La escena no se cierra sobre sí misma. Continúa. La casa guarda ese movimiento incluso cuando las sillas vuelven a su lugar y la mesa queda limpia. Hay algo que sigue, aunque nadie lo nombre.

Hay un instante, casi siempre inadvertido, en el que la mesa deja de ser un mueble y pasa a ser un refugio. Ocurre cuando alguien mira alrededor y reconoce caras conocidas, aun en medio del cansancio, de las diferencias, de lo que no salió como se esperaba. En ese momento aparece algo hondo y común: la certeza de no estar del todo solo en el mundo.

Cada argentino guarda una escena así, aunque no la recuerde con precisión. Una noche larga, un mediodía apretado, una charla mínima, un silencio compartido. Ahí, sin épica ni solemnidad, se toca algo esencial: la necesidad de estar con otros, de ser parte, de seguir aun cuando todo pesa. Y por un rato breve, suficiente, el corazón afloja y entiende que eso —simplemente eso— también es vida.

Cuando ese tiempo toca atravesarlo en soledad, el sentido no se pierde. Quedarse con uno mismo requiere atención. Escuchar el propio ritmo. Acompañar el paso del día sin apurarlo. Hay una quietud posible que no reclama explicaciones y deja las cosas en su lugar.

No hay certeza sobre la exactitud de los calendarios ni sobre el significado real de las fechas. Aun así, se acepta una convención. Un día señalado para detenerse. Para encontrarse. Para recordar que la vida no se sostiene en aislamiento permanente.

Y llega la noche. El brindis torpe, los vasos que chocan sin orden, el vino que se derrama un poco. Un beso apurado a los más chicos, que no entienden del todo pero ya sienten. Un abrazo más largo a los viejos, que saben exactamente de qué se trata. Las manos que se apoyan en los hombros, las cabezas que se acercan, alguna lágrima que no pide permiso.

Ahí está el homenaje verdadero: nadie se proclama importante y, sin embargo, todos lo son. Estar esa noche es regalarse presencia, reconocer al otro , decir con el cuerpo lo que las palabras no alcanzan. Es mirarse y aceptar que seguimos acá, juntos, todavía. Que eso —en un país que siempre se cae y vuelve a levantarse— es muchisimo. Es sangre viva. Es pertenencia. Es el regalo más hondo que sabemos darnos.

Y desde lo más sincero de nuestro corazón, a cada lector, es deseamos una noche de Navidad serena y verdadera, una noche del 24 lo más hermosa posible, de esas que se recuerdan por el cariño compartido, por los abrazos dados a tiempo y por la calma de saber que, al menos por un rato, lo logramos.


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