



Recuerda aquel momento en el que te instalaste por primera vez una aplicación de citas. Una ligera emoción, expectación, un entusiasmo casi infantil: de repente, justo aquí, entre miles de perfiles, encontrarás a esa persona especial. Los primeros días pasan volando: miras fotos, escribes mensajes, recibes coincidencias. Parece que todo está a punto de encajar.
Pero pasa una semana, un mes, medio año. La emoción se desvanece. En su lugar, irritación y cansancio sordo. El mismo guión se repite una y otra vez: coincidencia, chat, cita o falta de ella, decepción... y de nuevo deslizar hacia la derecha, deslizar hacia la izquierda. El círculo se cierra.
Los psicólogos identificaron este fenómeno hace tiempo y lo denominaron «fatiga de las citas» (dating fatigue). Pero tras este término neutro se esconde un dolor muy real: ansiedad, apatía, caída de la autoestima y, en casos avanzados, una verdadera depresión.
El feed infinito como trampa para la psique
Los algoritmos de las aplicaciones de citas están diseñados con frío cálculo. Crean deliberadamente un efecto de elección infinita: siempre hay otro perfil, otra oportunidad, otra posibilidad. Los psicólogos lo llaman la paradoja de la elección: cuantas más opciones tiene una persona, más difícil le resulta tomar una decisión y menos satisfacción obtiene de cualquier elección.
Como resultado, se ponen en marcha varios mecanismos destructivos.
Devaluación de las personas. Cuando hay miles de perfiles, cada persona concreta se percibe como una más entre muchas. Desaparece la sensación de singularidad, de contacto vivo, de interés genuino. Las personas se convierten en entradas de un catálogo: con una foto, una breve descripción y el botón «siguiente».
Decepción crónica. Los encuentros reales casi nunca coinciden con las expectativas creadas a partir de las fotos y la correspondencia. Una y otra vez, la imagen y la realidad no coinciden. El cerebro empieza a percibir la decepción como algo normal.
El síndrome de «y si hay alguien mejor». Incluso cuando aparece una buena persona, la aplicación susurra en voz baja: no te precipites, sigue buscando. Esto socava cualquier relación incipiente ya en la fase de los primeros encuentros.
Un golpe a la autoestima. Pocas respuestas: significa que algo no va bien conmigo. Muchas respuestas, pero ninguna se convierte en una relación: también significa que algo no va bien conmigo. Cualquier resultado se interpreta como una confirmación de la propia insuficiencia.
Los psicólogos comparan este modelo de comportamiento con los juegos de azar: las escasas «ganancias» en forma de simpatía mutua mantienen a la persona en una tensión constante, obligándola a volver una y otra vez, incluso cuando hace tiempo que dejó de reportarle alegría.
De la fatiga a la depresión: un solo paso
El cansancio de las citas no es solo un mal humor tras una cita fallida. Ante la repetición sistemática de experiencias negativas, la psique comienza a defenderse. La persona deja de creer en la posibilidad de la cercanía, se encierra en sí misma y pierde interés por la comunicación en general.
Hay síntomas a los que vale la pena prestar atención. La falta de ganas de abrir las aplicaciones, aunque el teléfono esté constantemente en las manos. Irritación o apatía ante cada nuevo emparejamiento. La sensación de saber de antemano que no va a salir nada. Disminución del interés por los contactos sociales reales. Pensamientos sobre la propia falta de atractivo o de «normalidad».
Si varios puntos de esta lista te suenan familiares, es una señal. No es motivo para alarmarse, pero sí para detenerse y revisar con honestidad tus hábitos.
Es importante comprender: el problema no está en ti ni en las personas que te rodean. El problema está en el formato mismo. Los mensajes de texto y las fotografías estáticas son físicamente incapaces de ofrecer lo que una persona necesita para un contacto auténtico: la entonación viva, la mirada, la mímica, la espontaneidad de la conversación. Intentamos construir cercanía a partir de un material que no está destinado a ello.
La comunicación en vivo como salida al bucle
Una de las formas más subestimadas de lidiar con el agotamiento es pasar a la comunicación por vídeo. Y no me refiero a videollamadas con una persona concreta tras dos semanas de mensajes, sino a videochats aleatorios con desconocidos.
Suena inesperado, pero funciona. Y he aquí por qué.
La espontaneidad elimina el terreno propicio para la decepción. Cuando no sabes quién aparecerá en la pantalla, no hay lugar para expectativas cuidadosamente construidas. No puedes imaginarte una imagen de la persona de antemano, y eso significa que no hay nada que se pueda desmoronar. La conversación empieza desde cero, sin el peso de las expectativas.
Las expresiones faciales en directo restauran la confianza en las personas. Después de meses de conversaciones por mensaje, ver a una persona de verdad —riendo, desconcertada, sorprendida— es un pequeño pero importante descubrimiento. El cerebro recibe la señal: las personas son reales. No son perfiles.
Un contacto breve sin compromisos alivia la presión. No hay que causar una buena impresión ni pensar en el futuro. Simplemente una conversación: aquí y ahora. Se acaba, y ya está. Sin consecuencias, sin expectativas de que continúe.
Las plataformas de video chat aleatorias se basan precisamente en este principio. Uno de los ejemplos más destacados es Uhmegle com: un servicio en el que, en cuestión de segundos, puedes encontrarte conversando con un desconocido de cualquier parte del mundo. Sin perfiles, sin filtros por parámetros, sin largas esperas: solo un rostro en directo en la pantalla y una conversación que puede resultar vacía o, de repente, importante. Es precisamente esta imprevisibilidad la que constituye el principal valor: devuelve al proceso de conocer gente lo que los swipes han acabado con: el elemento de la verdadera casualidad y el contacto humano en vivo.
Cómo funciona en la práctica
El efecto de una videollamada aleatoria es difícil de describir de forma racional: hay que sentirlo. Pero el mecanismo se explica con bastante claridad.
En primer lugar, las conversaciones aleatorias entrenan la flexibilidad social. Cuando no sabes quién estará al otro lado, el cerebro aprende a leer rápidamente las emociones y a adaptarse al ritmo y al tono de la conversación. Esto potencia directamente la empatía, esa misma habilidad que se atrofia tras meses de correspondencia.
En segundo lugar, cada contacto satisfactorio — incluso una conversación de cinco minutos con un desconocido— restaura un poco la fe en las personas. Tras una serie de citas fallidas a través de aplicaciones, esto resulta especialmente valioso. El cerebro adquiere una nueva experiencia: la comunicación puede ser fácil, agradable y sin tensiones.
En tercer lugar, los chats video no requieren ninguna autopresentación. No hace falta inventarse una biografía ingeniosa, elegir las mejores fotos ni pensar en la primera frase. Simplemente eres tú. Sin filtros, sin retoques, sin frases preparadas. Y eso resulta ser suficiente.
En cuarto lugar, el formato reduce la presión. En una aplicación de citas, cada incompatibilidad se percibe como un fracaso personal. En un chat aleatorio, simplemente son dos personas a las que no les ha dado la gana hablar. No es ninguna catástrofe. La siguiente conversación comenzará en treinta segundos.
Por supuesto, los chats de vídeo aleatorios no sustituyen a las relaciones profundas. Pero pueden convertirse en un puente importante: del agotamiento y la apatía al deseo de volver a abrirse a la gente. De la sensación de que todas las personas son iguales y que nada va a salir bien, a la experiencia viva de que cada persona es inesperada e interesante a su manera.
Cómo salir del bucle infinito
Las citas online son una herramienta. Como cualquier herramienta, pueden ayudar o perjudicar, dependiendo de cómo se utilicen y de cuándo se dejen a un lado a tiempo.
Si sientes cansancio, apatía y una decepción crónica, eso no es una sentencia ni un diagnóstico. Es una señal: es hora de hacer una pausa, cambiar de formato, recordar que conocer a alguien no es un embudo de ventas ni una misión con niveles, sino un proceso vivo, impredecible, a veces incómodo, pero increíblemente valioso.
Unos pasos que realmente ayudan a salir del bucle.
- Tómate un descanso consciente. Elimina las aplicaciones durante dos o tres semanas. No para siempre, solo para darle un respiro a tu mente. No es una capitulación, sino una medida de higiene.
- Cambia de formato. Prueba las videollamadas en lugar de los mensajes de texto. Una conversación casual con una persona real en la pantalla es capaz de lograr en cinco minutos lo que no consiguen cientos de swipes.
- B Baja las expectativas.B Deja de percibir cada nuevo contacto como una relación en potencia. Es simplemente una conversación con una persona. Puede ser interesante o no, y ambas opciones son normales.
- B Vuelve a la vida offline.B Cursos, aficiones, clubes deportivos, voluntariado: lugares donde la gente se reúne en torno a un interés común, y no al hecho de estar sola.
- Habla con alguien. Si el cansancio se ha convertido en apatía o ansiedad, es motivo para acudir a un especialista. El agotamiento por las citas es un problema psicológico real que se puede tratar.
Date permiso para salir de ese bucle infinito. Habla con una persona de carne y hueso, aunque sea alguien casual y desconocido. A veces, es precisamente en esos encuentros inesperados donde se esconde esa calidez que tanto tiempo has buscado sin éxito entre miles de perfiles.




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