El Sudario de Turín no revela quién fue, pero cuenta por dónde pasó

Un estudio genómico publicado en Scientific Reports analizó las muestras que se tomaron de la reliquia en 1978 y encontró un mapa biológico de siglos: ADN humano de distintos linajes, microorganismos, plantas cultivadas y hasta coral rojo del Mediterráneo. La ciencia forense, otra vez, no resuelve el misterio de fondo. Pero abre una historia paralela igual de valiosa.
Actualidad21 de julio de 2026VanelogaVaneloga

Lo que quedó pegado en la tela

Sudario de Turín

Durante casi cinco décadas, unas muestras microscópicas del lienzo más discutido de la cristiandad durmieron guardadas, esperando una tecnología capaz de leerlas en serio. Ese momento llegó. Un equipo internacional liderado por Gianni Barcaccia, de la Universidad de Padova, aplicó secuenciación genómica de última generación sobre el material recolectado en 1978 por el profesor Pier Luigi Baima Bollone, y lo que encontró no fue la firma de un cuerpo, sino la huella de miles de manos, climas y traslados.

El trabajo no salió de un tirón. Circuló primero como preprint en bioRxiv el 31 de marzo 2026, con los datos crudos ya disponibles para quien quisiera revisarlos. Recién a comienzos de julio, después de pasar por revisión de pares, quedó publicado en su versión definitiva en Scientific Reports. Tres meses de por medio que no movieron un milímetro los hallazgos centrales, pero que sí terminaron de pulir la lectura que hoy se toma como referencia.

El Sudario ya había sido sometido antes a este tipo de escrutinio. En 2015, otro trabajo publicado también en Scientific Reports había rastreado ADN vegetal proveniente de Europa, Medio Oriente, Asia oriental e incluso una especie nativa de Norteamérica, alimentando por igual la hipótesis de un origen medieval europeo y la de un recorrido más antiguo desde Cercano Oriente. Diez años después, con herramientas metagenómicas mucho más finas, la nueva investigación profundiza esa lectura y agrega una capa que antes era imposible ver.

Encontraron varios linajes de ADN mitocondrial humano: K1a1b1a, que coincide con el mitogenoma del propio recolector de la muestra en 1978; H2a2, la secuencia de referencia estándar; H1b, frecuente en Eurasia occidental; y H33, poco común y presente en Medio Oriente. A eso se suma un microbioma completo, con bacterias típicas de la piel humana, hongos, arqueas adaptadas a ambientes salinos, ADN de trigo, zanahoria, maíz, banana y maní, y material genético de vacas, cerdos, gallinas, perros y gatos. También apareció coral rojo mediterráneo, un hallazgo que remite directamente a los talleres donde antiguamente se tallaban rosarios y objetos devocionales con ese material.

Hay un dato que se suele perder en las coberturas más livianas del tema, y que en esta nota vale la pena subrayar: el fechado por radiocarbono de dos hilos tomados del relicario dio resultados consistentes con reparaciones documentadas del Sudario, realizadas en 1534 y 1694. No hablamos de la antigüedad de la tela original, sino de sus remiendos. Es la clase de precisión que distingue a un estudio serio de una lectura apurada, y que explica por qué a los propios investigadores les interesa menos resolver la autenticidad que reconstruir la biografía completa del objeto.

Esa biografía, de hecho, es el verdadero hallazgo. Cada rastro biológico funciona como un sello de tránsito: dónde estuvo guardado, quién lo tocó, con qué lo rociaron para preservarlo, qué animales convivieron cerca. La profesora Noemi Procopio, de la Universidad de Lancashire y coautora del trabajo, lo planteó con esa misma lógica: el ADN no puede zanjar la discusión sobre la edad o la autenticidad de la pieza, pero sí ofrece una perspectiva inédita sobre su historia biológica, y demuestra hasta dónde puede llegar hoy la ciencia forense para extraer información de artefactos históricos.

Ahí aparece un cruce que en la Argentina no suena ajeno. El país tiene una tradición reconocida en el mundo justamente en ese terreno: el Equipo Argentino de Antropología Forense lleva décadas identificando restos humanos con metodologías genéticas que otros países todavía están adoptando, muchas veces en contextos donde la política, la memoria y la ciencia se entrelazan de un modo parecido a como se entrelazan acá religión, historia y genómica. La lógica de fondo es la misma: la materia orgánica guarda información que ningún archivo escrito puede reemplazar, y alguien tiene que animarse a leerla con método y sin apuro.

El fechado de 1988, hecho de forma independiente por los laboratorios de Oxford, Tucson y Zúrich, sigue siendo la referencia que ubicó la tela entre los años 1260 y 1390. Ese resultado no se movió con este nuevo trabajo, y probablemente no se mueva pronto. Lo que sí cambió es la cantidad de preguntas que ahora se pueden hacer sobre un mismo pedazo de lino.

Lo que deja este trabajo es, sobre todo, una lista de preguntas nuevas. Si el ADN mitocondrial más raro remite a Medio Oriente, ¿en qué tramo del viaje de la tela quedó impreso? ¿Fue un contacto directo con la región o llegó después, a través de manos, objetos o telas que pasaron por ahí? El coral rojo mediterráneo abre otro interrogante: ¿estuvo el Sudario cerca de talleres devocionales en algún momento de su historia europea, o el rastro llegó por una vía más indirecta? Y el microbioma completo, con arqueas de ambientes salinos y ADN de una decena de especies animales y vegetales, empieza a dibujar un mapa de traslados y guardados que todavía nadie terminó de reconstruir.

Ahí está el verdadero potencial de esta línea de trabajo. Con muestras más finas y técnicas metagenómicas cada vez más precisas, se podría llegar a estimar en qué siglos y en qué regiones se acumuló cada capa de material genético, algo que hasta hace pocos años era impensable con una tela tan castigada por el tiempo y las manipulaciones. No alcanza para resolver la autenticidad, pero sí podría reconstruir, tramo por tramo, el itinerario completo del lienzo: desde qué mano lo tocó primero hasta qué animales convivieron cerca en cada etapa de su conservación.

Y entre nosotros sabemos que el que busca encuentra. El tema es si lo que encuentran sería realmente lo que estaban buscando.

Fuentes:

Scientific Reports (Nature) – Barcaccia et al., 2026, Universidad de Padova, Universidad de Lancashire,bioRxiv (preprint, marzo 2026),Vatican News.

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