


Si estás buscando una experiencia diferente, auténtica y profundamente patagónica, este destino te está esperando.

Foto: Planeta Urbano
Cabo Raso, en la provincia de Chubut, un lugar con alma, cargado de historia y renacido gracias a la pasión de quienes decidieron apostar por una vida distinta, lejos del ruido y cerca del mar.
Ubicado a 170 km al sur de Trelew, se accede por la Ruta Nacional 3 hasta Garayalde y luego por la Ruta Provincial 1, un camino de ripio que serpentea por la costa atlántica chubutense. Es ideal hacerlo en vehículos altos o 4x4, especialmente si llovió recientemente. Ya el camino te prepara para el viaje en el tiempo que representa llegar.
La historia de Cabo Raso está marcada por los pueblos originarios que habitaron la zona hace más de seis mil años, particularmente los tehuelches, quienes dejaron su huella en toda la región.
Luego, a fines del siglo XIX, llegaron los pioneros que en 1899 comenzaron a construir casas de piedra en el lugar. Fue un asentamiento clave para el transporte terrestre costero de la región. Llegó a tener almacén de ramos generales, juzgado de paz, estafeta postal y hasta telégrafo. El faro de Cabo Raso, encendido en 1925, todavía custodia las costas como testigo de aquel pasado activo.
https://elplanetaurbano.com/2024/02/cabo-raso-el-pueblo-fantasma-que-revivio-gracias-a-un-emprendimiento-eco-turistico/

Sin embargo, con el tiempo el pueblo fue abandonado, convirtiéndose en un "pueblo fantasma". Todo cambió en 2007, cuando Elaine, una mujer nacida en Trelew, sintió el llamado del lugar. Junto a sus hijos decidió revivir Cabo Raso. Con herramientas prestadas y mucha pasión, comenzaron a restaurar casas abandonadas y a construir un proyecto de vida y turismo sustentable: "El Cabo Refugio Natural".
Hoy, este emprendimiento ecoturístico ofrece hospedajes en casas reconstruidas, un colectivo convertido en habitación, y hasta un viejo búnker militar reciclado como comedor comunitario. No hay televisores ni electrodomésticos. Acá se vive con lo justo, pero con todo lo necesario para desconectar del mundo y reconectar con uno mismo. El agua se extrae de un pozo, la energía es solar, y el respeto por el ambiente es ley.
La mejor época para visitar Cabo Raso es entre septiembre y marzo, cuando el clima es más amable y la fauna marina está en su esplendor. Pero cada estación tiene su encanto. En primavera podés ver pingüinos de Magallanes, lobos y elefantes marinos, delfines e incluso ballenas. En tierra, es común cruzarse con guanacos, maras, choiques y una flora típica de la estepa patagónica.
Qué hacer en Cabo Raso? Mucho y poco a la vez. Mucho porque podés caminar entre ruinas, surfear sus olas gigantes, pescar, recorrer senderos y observar la vida salvaje. Poco porque la propuesta central es otra: frenar. Escuchar el viento. Mirar el mar. Conectarte con la historia y con la naturaleza. Es un destino ideal para quienes buscan algo más profundo que una postal.
Si querés podés visitarlo por el día, disfrutar de su magia y luego seguir viaje hacia el sur por la Ruta 1 hacia Camarones, o bien regresar a Trelew, que ofrece múltiples actividades para complementar tu experiencia. En Trelew podés visitar el Museo Paleontológico Egidio Feruglio, conocer la historia de los colonos galeses, recorrer la Laguna Chiquichano o hacer una escapada a Gaiman para disfrutar de un té galés tradicional.
Se estima que actualmente viven allí muy pocas personas de forma permanente. Sin embargo, su presencia es clave para mantener vivo el espíritu del lugar. 
Y entre las leyendas que circulan por la zona, hay historias de marinos que dejaron su huella en la toponimia local y en los relatos orales de la región. También se recuerda el paso del misil Cóndor II, que iba a ser probado en los 80 desde una base militar hoy reconvertida.
Cabo Raso no es para cualquiera, y eso es precisamente lo que lo hace especial. Es para vos, que estás buscando algo distinto. Que sabés que el lujo no siempre está en el confort, sino en la autenticidad. Que valorás la historia, la naturaleza y las experiencias que dejan huella.
En esta esquina del mapa, la Patagonia te espera con los brazos abiertos. Y el viento, como un viejo narrador, te susurra historias que vale la pena escuchar.


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