


El loop interminable: la política que nos parió
VanelogaUn sistema diseñado para otro mundo que sigue funcionando en el nuestro

Hay un cansancio que no es apatía. Es otra cosa. Es el agotamiento de quien vio la misma película demasiadas veces y ya sabe cómo termina antes de que empiece. El funcionario que llega con discurso renovador y en dos años no se distingue del anterior. La institución que existe en el papel, tiene edificio, presupuesto y funcionarios, pero no cumple con nada de lo que prometió cuando la crearon. El escándalo que dura un ciclo de noticias y después se disuelve sin consecuencias.
No hace falta investigar demasiado para deducir a quién sirven ciertas estructuras. La evidencia está en lo que no cambia.
El sistema representativo nació en una época en que mandar un mensaje de una provincia a la capital podía tardar semanas. No había otra forma: si los ciudadanos no podían estar presentes, alguien tenía que hablar por ellos. Ese alguien viajaba, negociaba, decidía. La lógica era válida. El telégrafo, las cartas de papel, la distancia física como obstáculo real. En ese contexto, delegar era la única opción disponible.
Ese contexto ya no existe.
Hoy un ciudadano puede votar en tiempo real desde el celular, informarse de una ley antes de que se promulgue, organizarse con otros sin necesidad de intermediarios. La tecnología que usamos para pedir comida, transferir dinero o coordinar una mudanza podría, técnicamente, sostener formas de participación directa que hace cien años eran impensables. La pregunta que incomoda no es si es posible. Es por qué no se hace. Y la respuesta, aunque nadie la diga en voz alta, es bastante obvia.
Unos pocos no pueden representar lo que quieren decir muchos. Tampoco pueden representar lo que muchos no quieren que suceda. Sin embargo, decisiones que afectan territorios enteros, bolsillos, derechos y vidas concretas se siguen tomando en recintos cerrados, con lógicas que responden a acuerdos que el ciudadano común no ve y rara vez entiende.
Y mientras tanto, el modo zombie.
Una descripción. La presión por sobrevivir —pagar el alquiler, llegar a fin de mes, sostener lo cotidiano, poder salir vivo y volver vivo a tu casa, que no te agarre una enfermedad porque el sistema médico está imposible en todos los sentidos— consume la energía que en otras condiciones se destinaría a exigir, a organizarse, a hacer ruido. Ni siquiera el deporte nacional de la queja funciona como válvula cuando el agotamiento es tan profundo. La indignación requiere cierta holgura. Y esa holgura escasea.
Lo que sí depende de nosotros
Hay dos cosas que no están en manos de los de turno. La primera es el pensamiento propio: la capacidad de limpiar la cabeza de narrativas que llegan prefabricadas, de no consumir indignación como entretenimiento, de distinguir entre lo urgente y lo importante. La segunda es encontrar espacios comunes —como este— donde el único objetivo sea el bienestar del otro, sin agenda, sin candidatura, sin retorno.
Eso no lo legisla nadie. No lo habilita ningún decreto. Ocurre o no ocurre en el plano de las decisiones individuales, que sumadas forman algo que se parece, de a poco, a una cultura.
Y una última cosa. Cuando nos ponemos lapidarios con el escándalo de turno —y está bien hacerlo— habría que sostener esa misma energía cuando las instituciones simplemente no cumplen su función. No el caso extremo. La indiferencia cotidiana. La omisión sistemática. Eso también es un acto político. Y muchas veces es más dañino que el escándalo que sale en los diarios.
El loop no se rompe solo. Pero tampoco se rompe esperando que lo rompan los mismos que lo sostienen.
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