


San Cayetano: por qué un noble italiano del siglo XVI terminó siendo el santo más argentino de todos
VanelogaDe Vicenza a Cuzco 150: la ruta de una devoción que Italia no explica del todo

Las colas empiezan de madrugada. Todavía no salió el sol y ya hay gente parada sobre Cuzco al 150, con la espiga en la mano, esperando entrar. Nadie discute el ritual: se pide trabajo, se agradece el que se tiene, se sale con la estampita guardada en la billetera. Pasa todos los años. Pasa desde hace casi un siglo. Cambian los gobiernos, cambia el color de la crisis, pero el pedido es siempre el mismo. Y cada vez pesa un poco más: la fe se volvió, para muchos, una forma de autoprogramación necesaria, algo que hay que repetirse para sostener el día, la changa, el mes que viene. Que todo va a estar bien. Que se va a poder con todo.
Lo curioso es que Cayetano de Thiene nunca pisó Buenos Aires. Nació en 1480 en Vicenza, hijo de una familia noble venida a menos por las guerras, y se doctoró en derecho en Padua antes de decidir que la vida religiosa le interesaba más que los privilegios que le tocaban por herencia. Fundó junto a otros clérigos la orden de los Teatinos, dedicada a los pobres y a los enfermos, y murió en Nápoles el 7 de agosto de 1547. Esa fecha, la de su muerte, quedó fijada como su día litúrgico en el santoral. Ahí termina la parte europea de la historia. La parte argentina recién empieza.
La devoción llegó al Río de la Plata de la mano de la Beata María Antonia de San José, la mama Antula, fundadora de la Santa Casa de Ejercicios Espirituales porteña. Fue ella quien trajo esa fe desde el virreinato del Perú, donde Cayetano ya circulaba junto a Rosa de Lima entre los santos con devoción popular fuerte. Argentina heredó esa corriente y la hizo propia con una intensidad que ni la misma Italia sostiene.
Grabado de San Cayetano fechado en 1801, obra de Zacarías González Velázquez, que pertenece al Museo de Historia de Madrid (pieza catalogada N° 13.895).
El terreno donde hoy está el santuario lo donó una vecina, Mercedes Córdova, y en 1875 el arzobispo Federico Aneiros bendijo la primera capilla. Era zona rural, periferia de Flores, un caserío al lado de la estación del Ferrocarril Oeste. Las Hermanas del Divino Salvador levantaron ahí una capilla chica y un colegio de niñas. Nada anticipaba lo que iba a pasar cincuenta años después.
La explosión, la generó el hambre. En la crisis del 30, con desocupación disparada y familias enteras sin changa, el cura Domingo Falgioni —párroco de Liniers y director espiritual de los Círculos de Obreros Católicos— tuvo una idea que cambió todo: mandó imprimir una estampa nueva del santo, con el Niño Jesús en brazos y una espiga de trigo. La lectura era directa: si conseguís pan, conseguís también trabajo. Ahí nació la consigna que todavía hoy se repite en cada procesión.
La parroquia se declaró en 1913, el colegio actual se construyó al año siguiente, y recién en 1975 —cuando las visitas de peregrinos ya eran un fenómeno imposible de contener en una capilla de barrio— el templo pasó a ser oficialmente santuario. En el medio, las marchas obreras de los 50 y los 60 terminaron de instalar a Liniers como punto de encuentro entre la fe y el reclamo laboral. Hoy se calcula que más de un millón de personas pasa por ahí cada año.
Lo que distingue a la devoción argentina es justamente esa fusión. En casi todo el resto del mundo católico, el patrono del trabajo es San José Obrero. Uruguay y España le rezan a San Pancracio para lo mismo. Acá, en cambio, terminó imponiéndose un santo italiano del siglo XVI, con una lectura completamente local: la del trabajador que necesita changa, la del jefe de familia que hace la cola con la estampita en el bolsillo, la del comerciante que cierra el local un rato para ir a pedir que el año que viene repunte.
Liniers concentra la escena más masiva, pero no es la única. Hay parroquia dedicada al santo en Belgrano, hay santuario en Santa Fe, hay un templete de piedra en Salta donde la imagen se venera a tamaño real, hay devoción arraigada en Palpalá, Jujuy, con procesión escoltada todos los años. En Formosa la capilla del barrio La Floresta nació con palma y paja en los años 50 y todavía sostiene su fiesta. En Posadas, la devoción le dio nombre directamente a un barrio. El mapa completo de San Cayetano es, en los hechos, el mapa de la Argentina que necesitó pedir laburo en algún momento de su historia y encontró en esa fecha, el 7 de agosto, un lugar donde canalizarlo.
Todos los años se repite la misma escena y todos los años parece nueva: la fila, la espiga, el pedido que no cambia aunque cambien los gobiernos y las crisis. Ahí está, quizás, la clave de por qué este santo italiano terminó siendo tan de acá.
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