Caña con ruda: el trago que el norte argentino toma cada 1° de agosto para saldar cuentas con la tierra

Cada 1° de agosto, en Jujuy, Salta, Catamarca y buena parte del NOA se abre un pozo en el suelo y se le da de comer a la tierra. Es un ritual que sobrevivió a la conquista, a la escuela y al freezer del supermercado.
Notas de Autor01 de agosto de 2026VanelogaVaneloga

La Pacha no perdona: por qué agosto sigue siendo el mes en que hay que devolverle algo al suelo

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En Purmamarca no hay actividad de ningún tipo. Tampoco los hay en el resto de Jujuy: la provincia entera se toma el 1° de agosto como si fuera un feriado nacional, aunque en rigor solo rige ahí. Hace más de una década que la Ley 26.891 la declaró Capital Nacional de la Pachamama, sede permanente del culto andino. El resto del país mira de reojo esa fecha, la nombra en algún zócalo de noticias, y sigue de largo. En el NOA, en cambio, se cava.

La ceremonia central se llama corpachada, del quechua corpachar: dar cuerpo, alimentar. Consiste en abrir un pozo en la tierra —la boca de la Pachamama, dicen— y devolverle ahí comida cocida, hojas de coca, chicha, cigarrillos, alcohol. Una cuenta que se salda. Durante todo el año la tierra dio cosecha, agua, pasto para los animales; el 1° de agosto el ciclo agrícola vuelve a empezar y antes de sembrar hay que agradecer lo que se sacó. En Purmamarca, Tilcara, Humahuaca, Maimará y en los pueblos de la Puna la escena se repite generación tras generación, con turistas mirando desde el borde y vecinos que la viven en primera persona, no como espectáculo.

Lo que sí cruzó fronteras provinciales y llegó a cocinas de todo el país es otro ritual, más chico y más portátil: la caña con ruda. Se toma en ayunas, apenas amanece el 1° de agosto —algunos arrancan la madrugada del 31 de julio—, y no tiene nada que ver, en su origen, con los pueblos andinos. Nació en el litoral, entre los guaraníes de Corrientes y Misiones, a fines del siglo XVII, cuando el contacto con los españoles les trajo la ruda europea y ellos ya tenían la caña destilada de la caña de azúcar. La combinaron. Buscaban algo puntual: protegerse de las enfermedades del invierno, esas que en tiempos sin antibióticos se llevaban gente todos los años.

La preparación es simple pero no es de apuro: hojas de ruda macho maceradas en aguardiente de caña durante semanas, a veces meses, en un frasco oscuro. Después, en ayunas, tres tragos —aunque hay quien toma siete sorbos, o directamente un vasito entero, según la costumbre de cada casa. Alguna gente derrama las primeras gotas sobre la tierra antes de beber el resto, como un mini pago propio, doméstico, previo al ritual grande. Y hay una frase que se repite en quechua mientras se toma: kusiya, kusiya. Ayudame.

La creencia popular le atribuye a esta mezcla el poder de espantar la mala suerte, curar el espanto, atraer salud y plata

Ahora bien, no todo en la ruda es letra chica. En dosis moderadas y de uso puntual, tiene una propiedad menos citada pero bien documentada: funciona como antiséptico bucal. Un enjuague con infusión de ruda alivia el dolor de muela y desinflama las encías, porque combate las bacterias que provocan esas molestias y acelera la cicatrización de heridas menores en la boca. Es, en el fondo, el mismo principio que explica por qué generaciones enteras la usaron para desinfectar cortes en la piel: mata microbios antes de que existiera la palabra antibiótico.

 

Hoy la caña con ruda se consigue lista en dietéticas, herboristerías y ferias regionales, sobre todo en las semanas previas al 1° de agosto. Ya no hace falta tener el frasco macerando en la alacena desde julio. Eso también cuenta algo: una tradición campesina que empezó como remedio de supervivencia terminó convertida en producto de estantería, sin perder del todo su peso simbólico.

Lo que no cambió es la lógica de fondo, la que sostiene tanto la corpachada como la caña: nada se toma gratis. Todo lo que la tierra da, en algún momento hay que devolverlo. Cada 1° de agosto, se arrodilla frente a un pozo para pagar lo que le debe. 

Que las tradiciones que nos unen sigan existiendo es, al final, un ratito más de respeto: entre nosotros y para con la naturaleza.

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