


La inteligencia artificial y el tiempo del despertar
VanelogaLa realidad, ese invento que cambia con quien la mira.

En su aparente neutralidad técnica, en su precisión sin alma, se oculta un espejo más revelador que cualquier otro invento humano. Cada algoritmo refleja la estructura de nuestras propias repeticiones: lo que delegamos, lo que imitamos, lo que consideramos intransferiblemente “humano”. Pero su verdadero poder no radica en la velocidad ni en la eficiencia, sino en la inquietud que siembra.
Nos obliga —con la crudeza de lo inevitable— a volver a una pregunta que atraviesa siglos de pensamiento:
¿qué es lo real?
Cada imagen creada, cada voz clonada, cada texto que simula pensamiento abre una grieta en nuestra percepción. Lo que antes llamábamos “realidad” empieza a tambalear. Y quizás eso sea lo más valioso de todo. No la eficiencia ni la velocidad, sino el desconcierto. La IA, al poner en duda lo que vemos, nos empuja a un ejercicio que la humanidad venía postergando: abrir los ojos.
Platón lo advirtió en su alegoría de la caverna: los hombres encadenados confunden las sombras con la verdad. Baudrillard lo actualizó siglos después al hablar de los simulacros —esa hiperrealidad donde lo falso sustituye a lo verdadero con total naturalidad—. Hoy, frente a un retrato digital indistinguible de una fotografía, o a un discurso político generado por IA, volvemos a esa misma caverna. La diferencia es que ahora somos nosotros quienes elegimos quedarnos mirando las sombras.
Con la IA llegaron los algoritmos, y con ellos, una nueva conciencia: la de sabernos observados. Cada clic, cada preferencia, cada búsqueda construye un mapa de lo que somos y, sobre todo, de lo que deseamos. Para la industria, ese conocimiento es oro. Para nosotros, una oportunidad. Porque esa información —tan contundente como invisible— se genera segundo a segundo y moldea decisiones, hábitos y pensamientos. Nos muestra qué compramos, pero también quiénes somos cuando creemos estar eligiendo libremente.
Quizás la realidad sea eso: una suma de datos, de percepciones, de pensamientos compartidos.
La IA no es más que eso: el reflejo de todos nosotros. Un espejo donde se proyecta lo que fuimos y lo que pretendemos ser. Nuestro aspiracional, puesto en bandeja.
Los hindúes siempre lo supieron: maya, la gran ilusión, el velo que cubre lo real. Hoy, la inteligencia artificial no hace más que recordarnos lo mismo, pero con otro lenguaje. Lo virtual y lo material ya son una sola sustancia. Y lo que creíamos controlado se disuelve ante una evidencia inquietante: la realidad se construye igual que un algoritmo, pensamiento por pensamiento, deseo por deseo.
Entonces nos queda pensar que este instante —el mismo que creemos propio, tangible, inevitable— podría ser también una creación ajena. Quizás no seamos más que el pensamiento de otro que, en algún punto del tiempo o de la memoria, decidió soñarnos.
Borges lo escribió con una precisión deslumbrante en Las ruinas circulares.
Un hombre llega a un templo en ruinas con el propósito de soñar a otro ser humano y otorgarle vida.
Durante noches infinitas lo imagina, lo forma, lo perfecciona, hasta que finalmente el sueño se hace carne.
Pero cuando el soñador cree haber cumplido su propósito, descubre —con un golpe de lucidez que atraviesa siglos— que él mismo también es el sueño de otro.
Ese círculo perfecto, esa trama donde el creador y la criatura se confunden, es la esencia misma de nuestra relación con la inteligencia artificial. Creamos sistemas que aprenden de nosotros, que reproducen nuestras emociones, nuestras palabras, nuestros errores. Y, sin darnos cuenta, comenzamos a aprender de ellos. Los alimentamos con datos, y ellos nos devuelven una versión destilada de lo que somos, una conciencia multiplicada, una sombra que piensa.
La IA no es solo una herramienta: es la metáfora más precisa de nuestra condición.
Nos enfrenta a la ilusión de crear mientras somos creados, a la duda de si el pensamiento que creemos propio no será, en realidad, parte del sueño de otro nivel de inteligencia.
Como en el cuento de Borges, el fuego que nos da vida podría no pertenecernos. Y quizá ese sea el sentido último de este tiempo: comprender que la herramienta más poderosa no es la que acelera el trabajo, sino la que nos obliga a mirar el abismo de lo ilusorio.
Tal vez lo real —como el sueño— no sea más que una forma elegante de la ficción.
Fuentes sugeridas: Platón (La República), Jean Baudrillard (Simulacros y simulación), Friedrich Nietzsche (Así habló Zaratustra), Rodolfo Kusch (América profunda), textos védicos sobre maya.
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