¿Esto es real?

Reconocer que lo falso daña, comprender que la falsedad tiene consecuencias concretas y advertir que lo que no es real puede lastimar son, juntos, el primer acto de madurez colectiva que esta época le exige a la Argentina.
Notas de Autor19 de junio de 2026VanelogaVaneloga

La pregunta que ninguna generación anterior tuvo que hacerse al mismo tiempo que todos los demás

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Verificar se volvió, en la era de la falsificación perfecta, el acto político más urgente del tiempo que vivimos.

Un pequeño ensayo de observación:

Cada era tiene su pregunta irresueluble.  La que organiza el pensamiento de toda una generación sin que esa generación lo advierta del todo, hasta que ya es tarde para no haberla hecho.

En la Grecia del siglo V antes de Cristo, la pregunta era sobre el ser. Parménides sostenía que la realidad era una, inmutable, indivisible, y que el movimiento y el cambio no eran más que ilusiones de los sentidos. Su contemporáneo Heráclito respondía lo opuesto: todo fluye, nada permanece, el río en el que uno entra no es jamás el mismo río. Dos respuestas incompatibles. Una sola pregunta de fondo: ¿qué es lo que realmente existe?

Siglos después, René Descartes, encerrado en su habitación de invierno en los Países Bajos, sometió todo conocimiento a la duda sistemática. Los sentidos engañan. Los sueños confunden. Incluso las verdades matemáticas podrían ser ilusiones implantadas por un genio maligno. Y de esa oscuridad extrajo lo único que no podía negarse a sí mismo: cogito, ergo sum. La certeza mínima. El piso más angosto posible para reconstruir el edificio del conocimiento.

En el siglo XIX la pregunta se desplazó hacia el sentido. Nietzsche proclamó la muerte de Dios como una catástrofe que dejaba al ser humano sin horizonte. Si el fundamento último había desaparecido, ¿qué sostenía los valores, la moral, la verdad? La pregunta de esa época no era si Dios existía, sino qué quedaba cuando la respuesta ya no importaba.

En el siglo XX, la pregunta fue sobre lo real y su representación. Jean Baudrillard describió en Cultura y simulacro (1978) una sociedad donde las imágenes habían dejado de representar la realidad para reemplazarla. Lo llamó hiperrealidad: un régimen de signos más convincentes que aquello que supuestamente reflejan. Guy Debord lo había anticipado en La sociedad del espectáculo (1967): la vida entera de las sociedades modernas se presentaba como una acumulación de espectáculos, donde todo lo vivido directamente se alejaba en representación.

Ninguno de ellos imaginó lo que vendría.

La pregunta de esta década es más concreta y más perturbadora que todas las anteriores. No pregunta qué es el ser, ni si los sentidos engañan, ni qué sostiene los valores. Pregunta algo más inmediato, más cotidiano y, por eso mismo, más difícil de esquivar: ¿esto pasó de verdad?

La inteligencia artificial no inventó la falsificación. La propaganda existe desde que existe el poder. Pero lo que la tecnología actual produjo es cualitativamente distinto: la falsificación perfecta. El video sin costura. La voz que no suena extraña. La imagen sin error de iluminación. La nota generada sin autor, sin fuente, sin responsabilidad, que circula a mayor velocidad que cualquier verificación posible.

Baudrillard había señalado que lo real desaparece no porque falte sino porque sobra. En una inundación, lo primero que escasea es el agua potable. En una inundación de información, lo que escasea es la información verificable. 
El ciudadano ya no solo duda de los medios, de los gobiernos, de las instituciones. Empieza a dudar del propio escenario. De si aquella noticia que recuerda haber leído existió. De si lo que vio con sus ojos fue captado o construido.

Descartes dudaba para encontrar un fundamento. Tenía fe en que, al final del proceso, habría algo que no cedería. La duda contemporánea no ofrece esa promesa. No hay cogito disponible para quien no sabe si el video que acaba de ver es un documento o una composición. La incertidumbre ya no se resuelve con introspección. Se resuelve con verificación. Y verificar, en este contexto, requiere tiempo, criterio, acceso a fuentes y disposición a la incomodidad. Tres recursos que el ecosistema digital desalienta de manera sistemática.

En Argentina, este fenómeno cae sobre un terreno particular. Un país donde los relatos oficiales compitieron siempre con otras versiones, donde la memoria colectiva fue disputada, donde desconfiar del discurso dominante fue en distintos momentos un acto de supervivencia. Esa historia podría ser una ventaja: una sociedad entrenada en leer entre líneas. O puede convertirse en una trampa, si la desconfianza se vuelve tan total que ya no distingue entre lo que merece cuestionarse y lo que merece sostenerse.

El periodismo recupera, en este contexto, una función que había empezado a ceder. Publicar algo y firmarlo es decir: yo estuve, yo verifiqué, yo respondo con mi nombre. En un entorno donde cualquier contenido puede generarse sin autor, la firma humana recupera un peso propio. 

Cada época creyó que su pregunta era la más difícil. Probablemente tenían razón. Pero hay algo particular en la pregunta de hoy: se formula en tiempo real, en el instante en que el contenido llega, antes de que haya posibilidad de reflexión. Las otras preguntas daban tiempo para pensar. Esta exige respuesta inmediata y simultánea, junto a miles de millones de personas que reciben el mismo estímulo al mismo tiempo.

Los hechos siguen ocurriendo. Las decisiones se toman o no se toman. Los cuerpos están o no están. Lo que desapareció no es la realidad. Es la comodidad de aceptarla sin la pregunta.

Eso, en perspectiva histórica, puede leerse como una maduración forzada. La primera vez en que la humanidad entera debe ejercer, colectivamente y al mismo tiempo, el tipo de discernimiento que antes era privilegio de unos pocos. La pregunta de la época es simple. Hacerla bien, con rigor y con método, puede ser el acto más político de este tiempo.


Fuentes
Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Kairós, 1978.
Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Pre-Textos, 1967.
Descartes, René. Meditaciones metafísicas. 1641.
Nietzsche, Friedrich. La gaya ciencia. 1882.
Parménides de Elea. Sobre la naturaleza. Siglo V a.C.
Heráclito de Éfeso. Fragmentos. Siglo V a.C.

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