


La era del Miedo
VanelogaPasa, a través de la gente. Como el fantasma de Canterville

Si tuviéramos que definirnos con una sola palabra, tal vez alcanzaría con esa: miedo. No el miedo puntual, el que aparece y se va, sino una tensión de fondo que corre debajo de los días como corre una nota grave debajo de una melodía, imperceptible mientras suenan las demás pero sosteniendo, en silencio, toda la armonía. Muchos lo perciben como el ruido de base de esta época, esa sensación de estar viviendo dentro de una Matrix donde existe una tensión constante, casi como si fuera el peaje que hay que pagar para estar viviendo esta experiencia.
Miedo a qué, entonces. La pregunta parece simple y no lo es, porque la respuesta se ramifica apenas se la empieza a tirar del hilo. Miedo a que un país estalle contra otro. Miedo a que alguien quiera lo que tenés, lo suficiente como para venir a buscarlo. Miedo a que te descalifiquen, a que el lugar que ocupás hoy deje de ser tuyo mañana sin que hayas hecho nada distinto. Miedo a quedarte en la calle, ese miedo antiguo y nunca resuelto que atraviesa generaciones enteras aunque cambien los nombres de las crisis. Miedo a una enfermedad que no esperabas, la que aparece en un estudio de rutina, en un resultado que llega un martes cualquiera y parte el calendario en un antes y un después.
Todos esos miedos, mirados de cerca, terminan desembocando en el mismo cauce. El miedo a la muerte, dicen, es el miedo final, el que contiene a todos los demás. Pero indagar un poco más honda esa idea revela algo distinto. No es tanto la muerte lo que aterra. Es cómo se llega hasta ahí. El deterioro, la espera, el cuerpo que empieza a fallar antes que la conciencia, la dignidad que se negocia de a poco en una cama de hospital. Nadie le teme al final tanto como le teme al camino.
Y ahí está el corazón de esta era. No inventamos el miedo, claro, la humanidad convivió con él desde siempre. Lo que cambió es la disponibilidad permanente de motivos. Antes el peligro tenía geografía: llegaba de un lugar, en un momento, y después pasaba. Ahora entra por una pantalla que cabe en una mano y no descansa nunca. La guerra de otro continente se instala en la mesa del desayuno. La noticia de una enfermedad ajena activa el reflejo de pensar en la propia. El miedo dejó de necesitar un motivo cercano para sentirse cercano.
Hay algo casi honesto en admitir esto, en lugar de disfrazarlo de optimismo forzado o de resiliencia de manual. Vivimos con una tensión de fondo que no elegimos y que tampoco sabemos bien cómo apagar. Fingir que no está ahí no la disuelve. Nombrarla, en cambio, le saca algo de su poder, aunque sea poco.
Quizás lo que hay que abandonar no es el miedo sino la pretensión de vencerlo. Ningún ser que sabe que va a morir puede aspirar a esa victoria sin mentirse. Lo que sí está al alcance es otra cosa, más rara y más difícil: sostener la conciencia de que esta experiencia, la de estar vivo, dura apenas un parpadeo cósmico, cien años si el cuerpo acompaña, y que ese plazo absurdo, casi ridículo en su brevedad, es sin embargo todo lo que se nos concede del misterio de existir.
Ahí aparece una segunda forma de mirar el mismo abismo. El miedo mide la vida por lo que puede perderse. Pero hay una manera más antigua de medirla, la de quien entiende que fue elegido —sin haberlo pedido, sin merecerlo especialmente— para atravesar este tramo minúsculo de tiempo entre dos infinitos de no ser. Antes de nacer, la nada. Después de morir, otra vez la nada, o el misterio, según se lo llame. En el medio, esta rendija de luz que llamamos vida, con su cuerpo que envejece, su gente que se ama y se pierde, su belleza tan frágil como el motivo mismo del miedo.
Vivir con esa doble conciencia —la del final que llega y la del privilegio inexplicable de haber sido, por un instante, parte del asombro de existir— no elimina el temor. Lo transforma en otra cosa. El miedo, mirado así, deja de ser el enemigo a derrotar y pasa a ser la prueba misma de que hay algo en juego, algo que vale la pena atravesar con los ojos abiertos. Porque solo puede temer perder algo quien nunca dejó de asombrarse por tenerlo.
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