


El mundo se rebela ante la inoperancia de sus propios gobernantes
VanelogaFoto : de izquiera a derecha Ayuntamiento de Limoges/ lemonde.fr. Madrid, /www.aljazeera.com Túnez, el 17 de octubre/reuters
El sábado 17 de octubre se vino abajo el campanario del ayuntamiento de Limoges, en llamas. Esa tarde, en Lisboa, cientos de personas armaban carpas en la plaza del Rossio. Y en Tirana, ese mismo fin de semana, la policía respondía con balas de goma y cañones de agua a manifestantes parapetados detrás de tachos de basura prendidos fuego.
Tres ciudades, tres idiomas, una sola cuenta. El sueldo corre detrás del alquiler, la escuela pública se desarma y quien gobierna contesta con comunicados, gases o toques de queda. En octubre de 2026 esa cuenta llegó a Francia, Albania, Bélgica, Italia, Portugal, España, Colombia y Túnez. Hasta el cierre de esta nota, ninguno de esos gobiernos había caído. Todos quedaron expuestos.
Conviene sacarse la inocencia. Que miles de personas salgan a la calle casi a la vez, en países con gobiernos de distinto signo político, invita a preguntarse quién empuja. Los propios gobernantes ya tienen su respuesta: Edi Rama habla de manos extranjeras, Emmanuel Macron prometió exigir cuentas a quienes intentaron derrocar a la República y Jean-Luc Mélenchon fue señalado como instigador, algo que él rechaza. Es posible que alguna marcha tenga más puesta en escena de la que muestra, y que haya quienes aprovechen el desorden. Hasta el cierre de esta nota no se conocían pruebas públicas de esas acusaciones. Lo que sí quedó a la vista es el terreno donde todo prospera: salarios atrasados, escuelas deterioradas, alquileres por las nubes y gobiernos que responden tarde o mal. Una chispa ajena prende solo si el pasto está seco.
Francia es el epicentro. Todo empezó en septiembre con marchas de estudiantes secundarios por aulas superpobladas y edificios escolares deteriorados, y fue sumando sindicatos, agricultores y chalecos amarillos contra el costo de vida. El 17 de octubre marcharon 550.000 personas según el Ministerio del Interior y unas 800.000 según los organizadores, en más de 140 ciudades. Lo que siguió dejó edificios públicos incendiados, más de 2.000 comercios afectados por saqueos, al menos dos muertos (un manifestante y un policía) y dos personas que perdieron las manos. El balance oficial habla de casi 2.400 detenidos y unos 1.000 agentes heridos. El video de un policía aplicando una llave de estrangulamiento prohibida a una joven había avivado la bronca.
La respuesta llegó el lunes. El primer ministro, Sébastien Lecornu, anunció toques de queda parciales en varias ciudades, incluidas zonas del centro de París. El ministro del Interior, Laurent Nuñez, admitió que la policía había perdido el control de las marchas y ofreció su renuncia; Emmanuel Macron se la rechazó. Marine Le Pen habló de un gobierno agotado y sin rumbo. Jean-Luc Mélenchon, señalado por sus críticos como instigador, rechazó la acusación y culpó a las fuerzas del orden. Mientras tanto, estudiantes bloqueaban el acceso al Louvre.
Albania suma otra capa. La protesta nació en mayo contra un proyecto de resort de lujo en la costa sur, ligado a Jared Kushner, y mutó en un reclamo contra la corrupción y el costo de vida. El 13 de octubre los estudiantes sumaron su propia bronca por el estado de las universidades; al día siguiente incendiaron el Ministerio de Educación con cócteles molotov y atacaron la sede del primer ministro, Edi Rama. Los primeros choques dejaron 89 heridos y ya van siete días seguidos de enfrentamientos, con un incendio en la Corte Suprema cuya magnitud todavía no está clara.
Rama, en el poder desde 2013, rechazó renunciar, habló de manos extranjeras y advirtió que la violencia pone en riesgo la adhesión a la Unión Europea. Dijo que los gobiernos se cambian con elecciones y que las hubo el año pasado. La oposición del Partido Democrático, de Sali Berisha, quiso sumarse, pero los estudiantes expulsaron a sus representantes y los criticaron igual que a Rama. Nadie, en esa calle, parece querer heredar a nadie.
Bélgica discute plata. El gobierno de Bart De Wever busca ahorrar 10.000 millones de euros hasta 2029 para bajar un déficit que supera el 5% del PIB. El ajuste cae sobre las aulas: menos beneficios en comidas escolares, materiales y transporte, y matrículas más caras. Hubo marchas el 9 y el 17 de octubre. La primera fue una huelga nacional que, según los sindicatos, llevó hasta 50.000 personas a Bruselas y canceló unos 140 vuelos. La del sábado 17 terminó con cerca de 200 detenidos entre Bruselas y Lieja, ciudad que había prohibido las concentraciones hasta el 16. El gobierno archivó un paquete de emergencia de 4.000 millones para 2027, las negociaciones siguen trabadas y los sindicatos amenazan con una huelga general a fines de noviembre.
En Italia, el 16 de octubre fue el Día de no-Meloni. Miles de estudiantes salieron en Roma, Turín, Génova, Venecia y otras ciudades, ocuparon liceos y pidieron que el dinero vaya a las escuelas y no al gasto militar. Reclamaban mejores condiciones educativas, freno al costo de vida y la derogación de un decreto que limita la cantidad de estudiantes extranjeros. Después vinieron dos días de disturbios y saqueos en Milán, con decenas de detenidos. Giorgia Meloni defendió el derecho a manifestarse, condenó la violencia y convocó una reunión de seguridad. La CGIL, el sindicato más antiguo del país, llamó a huelga general para el 20 de noviembre, y los gremios estudiantiles anunciaron otra para el 30 de octubre.
Portugal puso el reclamo en su lugar más literal: el techo. Los precios de la vivienda subieron 124% entre 2015 y 2024, el doble que el promedio europeo, según datos oficiales. El 17 de octubre la central CGTP movilizó a muchas decenas de miles de personas en Lisboa, según sus propios cálculos, ya que la policía no dio estimación, con marchas también en Oporto y Coimbra. Decenas de jóvenes plantaron carpas en el Rossio en solidaridad con la acampada de Oporto, que la policía había levantado el jueves con una carga que dejó decenas de heridos. Un cartel resumía el clima: este sueldo no da para vivir. El gobierno conservador de Luís Montenegro advirtió que no cederá ante la presión de la calle.
España ya cruzó la raya electoral. El 23 de septiembre desalojaron a Maricarmen Abascal, de 87 años, del departamento de Madrid donde había vivido siete décadas. Las imágenes encendieron protestas en todo el país. Pedro Sánchez impulsó decretos de emergencia en vivienda, la derecha los bloqueó en el Congreso y el presidente convocó elecciones anticipadas para el 29 de noviembre. Maricarmen murió dos semanas después del desalojo y las movilizaciones se reactivaron. Los principales sindicatos convocaron una huelga general para el 11 de noviembre por vivienda, salarios y costo de vida.
En Colombia, el 14 de octubre fue la primera prueba de calle para Abelardo de la Espriella, que lleva dos meses en el poder. Sindicatos, organizaciones indígenas, estudiantes y movimientos sociales marcharon contra sus propuestas de reforma laboral y de pensiones, con el respaldo de sectores ligados al expresidente Gustavo Petro. La oposición denunció intimidación hacia las protestas. Hasta el cierre de esta nota no se conocían cambios en las reformas.
Túnez completa el mapa. El 17 de octubre miles de personas marcharon en la capital en la mayor protesta contra el presidente Kaïs Saïed en años. Saïed gobierna por decreto desde 2021, cuando suspendió el Parlamento, y sus opositores le reprochan la represión de la disidencia, los límites a la prensa y una economía en problemas. Tampoco allí hubo, hasta ahora, un giro político.
Hay más focos encendidos. En Serbia, los estudiantes que sostienen casi dos años de protestas anticorrupción enfrentan en las urnas el intento de Aleksandar Vucic de volver al poder. En Kenia hay huelga de docentes universitarios y malestar por el precio del combustible. En Indonesia, las autoridades preparan más de 9.000 efectivos de seguridad para las marchas por los dos años de gobierno de Prabowo Subianto.
Los gobiernos europeos eligieron sus respuestas. Mano dura en Francia e Italia, sospecha de manos extranjeras en Albania, promesas de firmeza en Portugal. Ninguna contesta lo que preguntan quienes acampan frente a un ministerio: por qué trabajar no alcanza para vivir. Mientras los despachos discuten si esto es protesta, desorden o conspiración, en el Rossio hay gente durmiendo en carpas bajo un cartel que dice que el sueldo no da para vivir.
Hay dos lecturas posibles, y ninguna se descarta. Puede haber manejo, manos que empujan. Puede haber hartazgo, el de quienes heredaron instituciones de otro siglo que ya no cumplen lo que prometían: la escuela que ascendía, el sueldo que alcanzaba, la casa al final del esfuerzo. Sea una cosa, la otra o las dos, queda una pregunta: ¿se puede seguir viviendo con las reglas de hace doscientos años? Cuando tantos, en tantos idiomas, dicen lo mismo, hay una conciencia nueva en marcha. Una nueva mirada, una nueva manera de vivir juntos que ya no admite postergaciones, porque hay, inevitablemente, una nueva conciencia.
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Fuentes
La Nación (17/10), France 24 (14 y 17/10), CNN en Español (14, 17 y 20/10), Infobae (6, 17, 18 y 19/10), Semana, El Tiempo, La Jornada e Infoquórum (19/10), Democracy Now (19/10), Euronews (9, 15 y 17/10), Al Jazeera (16/10), MDZ (17 y 19/10), China Daily (19/10), Open Chronicle (20/10), Democrata (9/10), Latin Times y Daily Beirut (10/10), Brussels Morning (18/10), Impulso Informativo (8/10), Filo News (17/10), Rue20 (20/10), Listín Diario (17/10), The Jerusalem Post (17/10), Anadolu (17/10), Revista 5W (octubre), Pulso SLP (octubre), KSAT/AP (19/10), Qatar Tribune (julio) y The Kenya Times (18/10). Todas las fechas corresponden a 2026.




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