Elon Musk y la cuenta regresiva: ¿cuánto falta, según él, para que no haga falta trabajar?

El hombre más rico del planeta viene repitiendo, en escenarios cada vez más grandes, que la inteligencia artificial va a volver el empleo optativo y el dinero irrelevante
Innovacion 24 de agosto de 2026VanelogaVaneloga

La huerta como metáfora del futuro laboral

Elon Musk y la cuenta regresiva

Foto: imagen IA

Elon Musk lleva meses instalando la misma imagen. Trabajar, dice, va a ser en el futuro lo que hoy es cultivar tomates en un balcón: una actividad que nadie necesita hacer pero que algunos van a elegir igual, por gusto. Lo dijo en noviembre pasado en Washington, ante Jensen Huang y el príncipe heredero saudí. Lo repitió en enero en Davos. Lo volvió a decir en julio, sentado frente a la directora de The Economist, adentro de una fábrica de Tesla en Texas donde los autos salen de la línea de montaje sin que nadie los toque.

La frase que usa es siempre parecida: el trabajo va a ser opcional. Y la agrega a otra, más audaz todavía: el dinero, dentro de una década, va a dejar de importar.

Nadie puede acusarlo de guardarse la predicción. El problema es otro: hace apenas un año, el mismo hombre exigía semanas de ciento veinte horas a los equipos que dirigía en el Departamento de Eficiencia Gubernamental de Estados Unidos. Pasar de esa exigencia al anuncio del fin del trabajo obligatorio es, como mínimo, un cambio de libreto que conviene mirar con atención antes de festejarlo o descartarlo.

El plazo que puso: entre diez y veinte años

La cifra concreta apareció en noviembre de 2025, en el Foro de Inversión entre Estados Unidos y Arabia Saudita, en Washington. Ahí Musk lanzó: "Mi predicción es que el trabajo será opcional. Será como practicar deportes, jugar videojuegos o algo así." Le preguntaron cuándo, exactamente, y no esquivó la respuesta: "Tal vez sean 10 o 20 años, algo así. Para mí, eso es largo plazo."

La comparación con la huerta la completó ahí mismo: podés ir al almacén y comprar verduras, o podés cultivarlas en tu propio patio. Cultivarlas es mucho más difícil. Pero a algunos les gusta hacerlo igual, aunque no lo necesiten. El trabajo, en su cabeza, va a funcionar exactamente así dentro de una o dos décadas: opcional, como el hobby de alguien que prefiere el esfuerzo a la comodidad.

Repitió el rango de tiempo en enero, en Davos, y otra vez en el podcast de Nikil Kamath. La cifra no cambió. Lo que sí fue mutando, con cada aparición, es la escala de la promesa.

De ahí a "el dinero no va a importar"

En julio, la apuesta subió un escalón. En la entrevista con Zanny Minton Beddoes, directora de The Economist, Musk fue más allá del empleo y apuntó directo a la moneda: en 2036, según su cálculo, el dinero va a dejar de tener sentido. Ahí sí puso una fecha exacta, no un rango.

El argumento se apoya en un supuesto todavía mayor: que la inteligencia artificial va a superar la inteligencia combinada de toda la humanidad en unos cinco años. Si la producción automatizada supera lo que la gente puede consumir, razonó, imprimir o repartir más dinero no generaría inflación, porque los bienes crecerían todavía más rápido que la emisión. Los precios, llegó a decir, podrían incluso bajar.

Un mes antes, en Davos, había puesto fecha a un caso bien puntual: la programación. "Para finales de 2026 ya ni siquiera habrá que preocuparse por programar", advirtió, apostando a que escribir código a mano iba a perder sentido frente a modelos capaces de generar software completo a partir de instrucciones simples.

La solución que ofrece: un ingreso alto universal

Musk no deja la pregunta picando. Cuando le preguntan para qué sirve el dinero, responde con otra pregunta: "¿Para qué querés dinero? Para bienes y servicios, ¿no? Principalmente comida, vivienda, transporte y entretenimiento." Y de ahí salta a la salida que imagina: un ingreso alto universal, financiado por la abundancia que producirían las máquinas. No lo llama renta básica —el término que circula hace años en estos debates— sino "ingreso alto universal", una diferencia que no es menor si se piensa en el monto y en quién decide cuánto alcanza.

La idea completa el combo: la inteligencia artificial hace el trabajo intelectual, los robots humanoides —como el Optimus que Tesla viene desarrollando, y sobre el que Musk apostó que representará el 80% del valor futuro de la compañía— cubren la producción física, y ese ingreso universal reparte lo que sobra. El trabajo pasa de ser condición de supervivencia a pasatiempo opcional.

Lo que la predicción no explica

Ahí aparece la primera grieta del planteo. Samuel Solomon, profesor de la Universidad de Temple, lo resumió sin vueltas: la inteligencia artificial ya generó mucha riqueza y va a seguir generándola, pero la pregunta que importa es si esa riqueza va a ser inclusiva. Si va a llegar a todos o se va a quedar en pocas manos, como pasó con casi todas las revoluciones tecnológicas anteriores.

La abundancia que promete Musk no resuelve, por sí sola, quién es dueño de las máquinas que producen esa abundancia. Los centros de datos, las fábricas, la energía, los minerales que alimentan todo el sistema siguen teniendo propietarios. Y esos propietarios, hasta ahora, no fueron precisamente la fuerza de trabajo que quedaría afuera del empleo tradicional.

Para la Argentina, un país donde buena parte de la economía todavía se sostiene con changas, empleo informal y trabajo en negro, el plazo de Musk suena a un lujo de otro planeta. Acá la discusión no pasa por si el trabajo va a ser opcional dentro de veinte años: pasa por si el que existe hoy alcanza para llegar a fin de mes. La automatización que Musk celebra como liberación puede llegar antes que la infraestructura social necesaria para sostenerla, y esa distancia —entre la promesa de Silicon Valley y la changa de acá— es la que conviene no perder de vista.

Mientras tanto, la fecha que Musk puso para la programación —fin de 2026— ya está encima. Va a ser la primera manera de comprobar, en los hechos, si su cuenta regresiva acierta con el resto.

Fuentes: Fortune, Infobae, Xataka, Gizmodo, elEconomista.es, El Cronista

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