Chau geriátricos: la generación que decidió envejecer en cooperativa

De Belgrano a Esquel, de Montevideo a San Antonio de Areco, un modelo que nació en Dinamarca hace sesenta años empieza a instalarse en el Río de la Plata como respuesta a la soledad y al rechazo cada vez más extendido hacia la residencia geriátrica tradicional
Notas de Autor21 de agosto de 2026VanelogaVaneloga

Envejecer entre pares, no entre desconocidos

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Geriátrico es una palabra que rara vez aparece sola. Casi siempre viene acompañada de otra: caro. Y cuando no lo es, el que llega ahí porque no le queda otra suele pasarla mal, en una habitación compartida, con horarios que no eligió y una rutina que administra un desconocido. Ese panorama, repetido durante años como la única salida posible para la vejez, empezó a resquebrajarse. Cada vez más gente decide no esperar a que la necesidad la empuje a un lugar así. Se organiza antes, en comunidad, y se planta: la última etapa de la vida también se puede vivir en libertad.

En un piso de Belgrano hay un edificio que lleva más de cinco décadas funcionando distinto. No tiene enfermeras rotando por los pasillos ni un directorio externo decidiendo el menú del comedor. Tiene vecinos. Gente que compró, hace años, el derecho a vivir ahí hasta el final y que todavía hoy se junta a discutir gastos comunes, actividades y mantenimiento como si fuera una asamblea de consorcio con otra urgencia de fondo: la vejez.

Se llama Vidalinda y arrancó en 1970, cuando un grupo de amigos judíos alemanes compró el edificio completo. Nadie hablaba entonces de cohousing senior. El término llegó después, importado de Escandinavia, para nombrar algo que en el barrio ya se hacía sin manual: envejecer en comunidad, con casa propia y decisiones compartidas.

Cinco décadas más tarde, ese modelo dejó de ser una rareza porteña para convertirse en tendencia regional.



Un modelo cooperativo que crece por afuera del geriátrico clásico

El cohousing senior tiene una estructura simple y una lógica jurídica que lo distingue de cualquier residencia tradicional: la propiedad es colectiva, gestionada como cooperativa con cesión de uso, y cada residente conserva su vivienda privada mientras comparte con el resto cocina, comedor, huerta, lavandería y salones de usos múltiples. Nadie de afuera administra el día a día. Las decisiones se toman entre los propios vecinos, por consenso, sin gerencia externa ni protocolo hospitalario de por medio.

La diferencia con un geriátrico no es de comodidades. Es de poder. En una residencia tradicional, el residente recibe servicios. En un cohousing, los gestiona.

En la Argentina, el fenómeno crece de manera despareja pero sostenida. Punta Canas, en las afueras de Esquel, reúne catorce viviendas circulares alrededor de un jardín común, sin un escalón en todo el predio, pensadas para que entren sillas de ruedas y hasta una ambulancia si hace falta. El proyecto nació en 2015 por iniciativa de un grupo de amigas que decidió no esperar a que la vejez las encontrara solas. Hoy casi nadie de los que viven ahí es de Esquel: llegaron de Buenos Aires, La Plata, Mendoza, atraídos por un terreno y una idea.

En San Antonio de Areco se construye Pueblo Chico, dieciocho casas en herradura a quince cuadras del centro. En Mendoza, Ananda Green Village ofrece veintidós unidades de una planta para compartir la vejez entre pares en un barrio privado. 

Uruguay, la referencia cooperativa de la región

Si hay un país de la región donde el cooperativismo de vivienda tiene tradición y marco legal sólido, es Uruguay. Ahí el modelo de cesión de uso —el mismo que aplica Vidalinda desde los setenta— es moneda corriente desde hace décadas, y eso explica por qué el cohousing senior avanza con más raíz institucional que en la Argentina.

Carpe Diem es el caso más citado: un grupo de veinte amigas y excompañeras de trabajo, todas mayores de cincuenta, que después de casi once años de organización logró comprar un terreno de siete hectáreas cerca del Parque Lecoq, en las afueras de Montevideo. No se definen como cooperativa de vivienda sino de cuidados y cohabitación, una distinción legal que les permite integrar servicios de asistencia a medida que sus socias envejecen. El proyecto entra en etapa de construcción en 2027.

En Canelones avanza Angirũ, pensada para mayores de cincuenta, solas o en pareja, con casas individuales chicas conectadas a un edificio comunal con cocina, comedor y salón multiuso. Y en Montevideo, la Intendencia cedió en comodato un inmueble recuperado para Mujeres con Historias, la primera vivienda colaborativa feminista para adultas mayores del país, elegida entre 54 propuestas presentadas a un concurso público junto con la Sociedad de Arquitectos.

Un dato del Instituto Nacional del Cooperativismo uruguayo confirma que esto no es un experimento aislado: de 45 cooperativas de vivienda relevadas, más de la mitad ya integra adultos mayores en situación de dependencia entre sus socios.

Por qué crece ahora, y qué dice de la Argentina que viene

El motor no es solamente demográfico, aunque el envejecimiento poblacional empuja fuerte: el INDEC ubica a los mayores de 65 como un grupo cada vez más relevante en la pirámide etaria. Lo que cambió es la forma en que esa generación imagina su propia vejez.

Son personas que llegan a los sesenta o setenta con plenitud funcional, trabajando, estudiando, decidiendo. Y que miran el geriátrico tradicional —con sus horarios fijos, sus visitas restringidas, su lógica de institución— como la última opción, no la primera. La pandemia dejó una marca ahí: la promesa de nunca aceptar el encierro.

Hay también una lectura económica. Comprar el derecho de uso de una vivienda colaborativa suele costar menos que un departamento de dimensiones similares en el mercado inmobiliario tradicional, y los gastos compartidos —desde la limpieza hasta la seguridad— bajan el costo individual de vivir bien la vejez en un país donde acceder a una vivienda propia, a cualquier edad, es cada vez más difícil.

Todavía es un fenómeno incipiente, con pocos casos consolidados y una demanda que crece más rápido que la oferta: los proyectos que ya funcionan tienen ocupación casi plena. Pero el patrón se repite de un extremo a otro del Río de la Plata: gente que decide organizarse antes de necesitarlo, comprar tierra entre varios y construir, ladrillo por ladrillo, la vejez que quiere tener.

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