


Mi otra yo: cuando sanar significa volver a las raíces
Vaneloga"Series y novelas turcas, nos encantan"

Foto: https://about.netflix.com/es_es/news/netflix-just-released-the-date-and-first-look-images-of-another-self
Un pueblo costero, tres amigas y un diagnóstico que vuelve a aparecer. Así arranca el cierre de Mi otra yo (Netflix), la serie creada por Nuran Evren Şit que durante tres temporadas siguió a Ada, Leyla y Sevgi en un recorrido que empezó como un viaje de sanación física y terminó convertido en algo mucho más ambicioso: una indagación sobre cómo el pasado familiar se aloja en el cuerpo y se repite generación tras generación.
Cuando el síntoma tiene historia
La premisa parece simple. Una de las protagonistas enfrenta la recaída de un cáncer y sus dos amigas más cercanas la acompañan a Ayvalik, un pueblo en la costa turca, buscando una salida que la medicina convencional no termina de ofrecer. Pero la serie elige un camino poco transitado en la ficción mainstream: en vez de quedarse en el relato médico o en el drama de la enfermedad, se mete de lleno en las Constelaciones Familiares, una herramienta terapéutica que trabaja con el sistema familiar para hacer visibles los patrones, lealtades y bloqueos que se transmiten entre generaciones.
Lo notable de esta tercera temporada, estrenada el 24 de junio, es el nivel de rigor con el que se aborda esa herramienta. El Instituto Ángeles Wolder colaboró directamente con la producción, y eso se nota en cada sesión que aparece en pantalla: nada de misticismo decorativo ni de terapia de utilería. Cada constelación que se arma en la ficción funciona como una escena propia, con su tensión y su revelación, y termina iluminando algo del personaje que ningún diálogo explicativo podría haber logrado.
Tres mujeres, tres linajes
Ada, Leyla y Sevgi cargan, cada una a su manera, con la historia de las mujeres que las precedieron. Ada se conecta con una herida que atraviesa varias generaciones de su propia línea materna y termina reflexionando sobre la maternidad y sobre los modelos de pareja que se repiten sin que nadie los elija del todo. Leyla tiene que poner en orden su vínculo con Erdem, y para hacerlo necesita volver a su infancia y recordar qué es lo que realmente quiere. Sevgi, por su parte, ayuda a resolver un miedo que viene de una tragedia ocurrida en la vida de su bisabuela, mucho antes de que ella naciera.
Esa decisión de guion, la de mostrar el miedo o el síntoma como algo que no nace con el personaje sino que lo atraviesa desde atrás, es el corazón de la serie. La cámara se permite ir y volver entre el presente y esas capas heredadas, y en vez de resultar confuso, arma un mapa cada vez más claro de por qué cada una de las tres llegó hasta ahí.
Por qué importa esta mirada
Para cualquiera que venga siguiendo el crecimiento de las terapias integrativas y las miradas sistémicas sobre la salud, Mi otra yo funciona casi como una puerta de entrada masiva a conceptos que durante años circularon en círculos más reducidos. La idea de que un trauma no resuelto en una bisabuela puede seguir operando en una tataranieta, lejos de ser una rareza esotérica, es uno de los pilares de las Constelaciones Familiares desarrolladas por Bert Hellinger, y la serie la traduce con una sensibilidad que no cae en lo solemne ni en lo panfletario.
La química entre las tres protagonistas, sumada a los paisajes costeros turcos, le da a la historia el aire liviano que necesita para que el espectador no se quede solo con el peso del tema. Y el cierre de la temporada, con cada una de las mujeres llegando a una versión más reconciliada de sí misma, deja una sensación poco habitual en una serie de streaming: la de haber visto algo que invita a mirar la propia historia familiar con otros ojos.
Mi otra yo está disponible en Netflix, con sus tres temporadas completas.
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