


Argentina creó su propio modelo de médicos de máxima exigencia, al estilo Harvard.
VanelogaLa palabra de un egresado del Plan B: exigencia, práctica desde el primer día y una manera distinta de pensar la medicina

Dr. Adrián Di Sanzo — Foto: Donatella Sidraschi para Mirada Argentina — 19.º Simposio de Medicina Biológica e Integrativa.
Escuchar al Dr. Adrián Di Sanzo no es solo un privilegio: es acceder a una voz que rara vez se abre en primera persona. En un tema tan delicado, su testimonio exclusivo es un tesoro: claridad, honestidad y una mirada que no se esconde cuando más se necesita.
Un programa intensivo que cambió la manera de formar médicos en la Argentina
La Facultad de Medicina de la UBA decidió suspender el ingreso al histórico Plan B, un programa intensivo creado en Marzo de 1999 que ofrecía algo inusual: práctica hospitalaria desde el primer día, grupos reducidos, seguimiento personalizado y una estructura inspirada en modelos de excelencia académica. La decisión abrió un fuerte debate interno, no solo por sus resultados —menor recursado, mayor tasa de egreso, mejores promedios— sino también por lo que significaba para quienes ya venían formándose bajo ese régimen.
Mientras una comisión especial analiza si el plan se restituye o se cierra para siempre, hablamos con un médico que cursó el Plan B para comprender qué representaba realmente, cómo impactó en su manera de ejercer y qué le pediría hoy al consejo directivo para no dejar a los alumnos a mitad de camino.
1.Ahora que la comisión evaluará la continuidad del Plan B, ¿qué le pedirías al consejo directivo de la facultad para asegurar que quienes arrancaron con ese plan puedan terminar sin perder la formación que les prometieron?
Primero sería que se asegure al alumno que opta por este plan y empieza, que se le garantice la culminación dentro de este régimen, así no se ve alterada su formación como ya pasó cuando el plan se suspendió drásticamente por una cuestión política. Nosotros empezamos este plan; yo tuve la suerte de empezar en la segunda camada, y digo suerte porque la primera camada tuvo algunas dificultades organizativas —como todo lo que empieza nuevo— hasta que esos engranajes se fueron aceitando.
Yo, al ser segunda camada, ya tenía todo muy regularizado. Ya había una experiencia y los docentes estaban más habituados; los hospitales, también más integrados. Los programas hicieron los ajustes necesarios, porque este régimen requería intensificar los contenidos de estudio.
Cuando se suelta la palabra “élite”, está mal interpretada. No es que nosotros teníamos más comodidades que los demás alumnos, sino que teníamos más exigencias, más carga horaria. Teníamos que terminar la carrera en cinco años, no en seis. Toda la parte curricular debía estar completada ahí, y se nos exigía por arriba del programa básico.
No nos sentíamos una élite: nos sentíamos los más exigidos. La mirada estaba puesta sobre nosotros. Cada alumno tenía un padrino, lo cual permitía una comunicación directa con las autoridades. Cualquier problema que teníamos podíamos recurrir a esos padrinos, médicos de renombre en hospitales o en la facultad. Mi padrino era el Dr Lanosa vicedecano de la facultad de medicina de la UBA, un honor.
Por otro lado, había dificultades económicas. Algunos compañeros tuvieron que dejar el plan y pasarse al régimen regular porque no podían sostenerse económicamente. Esa es mi gran crítica: si se exige tanto y se pretende formar médicos prestigiosos, debería haber habido mecanismos de protección para quienes cumplían con todas las condiciones pero no podían afrontar los costos. Si el beneficio final es para la sociedad, entonces se debería haber cuidado más a esos alumnos.
Por eso, lo que pediría es que se garantice a quienes empiezan que van a poder terminar, independientemente del decano o del régimen que esté de turno. Y que los docentes estén formados en el enfoque del Plan B, que era una enseñanza especial, basada en problemas clínicos, con las últimas novedades y una evaluación más individualizada.
Tuve la suerte, gracias a Dios de poder empezar y terminar bien, pero muchos no. Y eso no puede volver a pasar.
El régimen era tan exigente que yo un par de veces recurrí a mi padrino diciéndole que quiero pasarme al régimen regular quería dejar esto porque era demasiado, lo que recuerdo que mi hermano iba a bailar un viernes y yo estaba estudiando en el comedor y ellos volvían de bailar y yo seguía estudiando era mucho lo que el tiempo de inversión el esfuerzo y en ese momento uno no está muy consciente de por qué tanto esfuerzo.
2. Vos cursaste dentro del Plan B, un régimen intensivo inspirado en Harvard y con práctica desde el primer día. ¿Qué aspectos concretos de esa formación temprana marcaron tu manera de ejercer la medicina hoy?
Lo que más marcó mi manera de ejercer fue desarrollar un pensamiento integral y no lineal. Creo que hoy se valora al médico que mejor protocolo aplica: tendinitis, analgésico; fiebre, antitérmico; gripe, tal medicación. Todo anti. Anti es “en contra”. Y si estoy luchando contra algo que el cuerpo expresa, como una fiebre o un dolor, estoy actuando en contra de un proceso biológico.
En cambio, desde el principio yo aprendí a pensar distinto porque vimos pacientes desde el primer día. Estábamos para entender un caso, no para aprobar un examen. Y eso te cambia la cabeza.
Es el pensamiento integral y pensamiento no lineal, sino sistémico. Entonces ese pensamiento desde el principio lo fui desarrollando. Cuando empezamos ya vimos pacientes. Creo que era muy positivo este plan. Y así aprendí a resonar distinto. Vemos los problemas.
Accedíamos a pacientes reales con problemas reales y soluciones reales. Integrábamos materias: veíamos anatomía y la observábamos de inmediato en un paciente; estudiábamos semiología, fisiología, microbiología con casos concretos. Todo se volvía parte de uno.
Eso desarrolló también mucha capacidad de investigación. Y como tratábamos pacientes desde el inicio, no vivimos ese estrés del recién recibido que ve pacientes por primera vez. Para nosotros era natural.
Nuestros hábitos de estudio eran más profundos: había que entender, sintetizar, priorizar. No alcanzaba con memorizar. Y eso se integró en mí y forma parte de mi práctica cotidiana.
3. ¿Sentiste que el seguimiento personalizado y la dinámica de grupos reducidos hacían realmente una diferencia, o creés que desde afuera se sobredimensionó?
Hacía una diferencia enorme. Éramos pocos y eso permitía que el docente supiera quién eras, cómo pensabas, en qué necesitabas profundizar. Las dudas se resolvían en el momento. Se vivía como algo familiar, casi como tener un mentor que quería sacar tu máximo potencial. No había que mirar desde atrás: todos hacíamos todo.
Y el grupo de compañeros también fue determinante. Estar rodeado de gente muy exigente te obligaba a dar lo mejor. Si estabas a punto de caerte, el grupo te sostenía; si estabas flojo, te corregías. Ese entorno hace la diferencia entre recibirse o no, entre una formación profunda o superficial.
4. Cuando se definía al Plan B como un “plan de élite”, ¿cómo lo vivían ustedes como alumnos? ¿Te parecía una etiqueta injusta o describía la particularidad del régimen?
No nos veíamos como élite. Esa palabra se usaba para desacreditarnos, para decir que teníamos ventajas o para generar rivalidades. Nosotros vivíamos una exigencia, no un privilegio.
El beneficio lo veo hoy, retrospectivamente: en mi manera de pensar, de atender, de analizar, en el interés científico. La selección exigía que cada alumno diera lo mejor de sí. En un grupo así, inevitablemente salís distinto, porque te forman para eso.
La brillantez a la que uno está capacitado para ser aparece justamente en estos contextos: cuando se priorizan y se estimulan las habilidades. Y ese es un bien para todos, porque a medida que la medicina avanza, el sufrimiento de las personas disminuye, el padecimiento de las enfermedades se vuelve menor y toda la sociedad se beneficia de ese progreso.
En cambio, cuando se exige menos —igualar hacia abajo— eso no genera controversias. Es aceptado. Pero si uno está en un grupo inferior a sus propias condiciones, inevitablemente va a rendir por debajo de lo que podría y no va a sacar todo su potencial. Exigir hacia arriba incomoda, pero es lo que verdaderamente eleva.
Por eso creo que este tipo de grupos son necesarios: porque estimulan capacidades que de otro modo quedarían dormidas. Y formar médicos con mayores competencias no es un lujo, es una necesidad para un sistema de salud que debe mejorar de manera real y sostenida. Eso era, en esencia, el espíritu del Plan B.
Material de Archivo: Portal Purasalud : DOLOR CRONICO DR. ADRIAN DI SANZO
La suspensión del Plan B deja amargura, pero escuchar a quienes transitan ese camino —como el Dr. Adrián Di Sanzo— ilumina lo que a veces se intenta simplificar desde afuera. Su palabra abre una puerta que no se puede ignorar: detrás de cada decisión académica hay trayectorias, vocaciones, esfuerzos extremos y vidas enteras dedicadas a una profesión que sostiene a un país entero.
Que un médico formado bajo ese régimen hable con esta profundidad y generosidad no es un gesto menor: es un llamado a mirar con honestidad qué tipo de profesionales queremos formar y qué compromisos estamos dispuestos a asumir para no quebrar lo que ya demostró dar resultados.
En medicina —como en la vida— nada es neutro. Cuando un plan se corta, se corta un modo de pensar, de sentir y de ejercer. Escuchar esta voz es, justamente, comprender que para evolucionar hay que tener muchos planes B, que nos dan la posibilidad de mejorar como humanidad y como especie.
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