El norte argentino apuesta a un cactus que produce oro rojo

Jujuy y el noroeste avanzan en el cultivo de pitahaya, una fruta exótica de alto valor comercial que el INTA investiga para adaptarla a las condiciones locales y estirar su temporada de cosecha
Producto Argentino06 de julio de 2026VanelogaVaneloga

Yuto le apuesta a la fruta del dragón

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En Yuto, entre plantaciones de tabaco y citrus que llevan décadas marcando el pulso productivo de Jujuy, empezó a crecer algo distinto: postes de cemento y alambre sosteniendo un cactus epífito que da flores blancas gigantes, se abren de noche y mueren antes del amanecer. De esas flores nace la pitahaya, la fruta del dragón, y detrás de esa imagen casi decorativa hay una apuesta productiva que el INTA lleva más de una década tratando de domesticar para el clima argentino.

La planta no es nueva en la región. Llegó hace más de diez años desde Formosa, a través del Cedeva, con la variedad roja primero y la blanca después. Lo que cambió es la escala del interés: hoy Salta, Formosa, Misiones, Corrientes y Entre Ríos también prueban suerte con este cultivo, y la demanda interna –que arrancó circunscripta a las comunidades asiáticas de Buenos Aires– se corrió hacia mercados regionales y consumidores que ni sabían que esta fruta se producía en el país.

El problema es que la pitahaya no perdona la improvisación. Es un cactus, tolera la sequía y sobrevive casi en cualquier lado, pero para florecer y fructificar necesita calor, humedad y mucha luz. Sin esas tres condiciones, la planta se queda ahí, verde y quieta, sin dar nada. Ese margen angosto entre sobrevivir y producir es exactamente lo que el INTA Yuto viene estudiando desde hace años, y lo que explica por qué todavía se habla de un cultivo incipiente pese a la década larga de historia local.

Yuto mapa

La investigadora Carina Armella lidera ese trabajo desde la Estación Experimental de Cultivos Tropicales. Su equipo evalúa doce variedades que pertenecen a cuatro especies del género Selenicereus, con pulpas que van del blanco al fucsia y hasta un tipo amarillo conocido como palora. La pregunta que están tratando de responder es: qué material genético rinde mejor bajo el clima de las yungas jujeñas, con jornadas de calor intenso y noches que en invierno bajan lo suficiente como para frenar cualquier floración.

Ahí aparece el obstáculo más difícil de resolver: la autoincompatibilidad. Hay clones que directamente no producen fruta sin polinización cruzada, otros que rinden con bajo peso y bajo porcentaje de cuajado, y algunos, los menos, que son autofértiles. Esa característica se hereda, pero de forma compleja y variable incluso dentro de la misma especie. Para un productor que recién arranca, esto se traduce en un consejo elemental que el INTA repite: comprar plantines certificados, con genética conocida, porque plantar a ciegas puede significar años de espera sin fruta.

Y la espera, en pitahaya, ya es larga de por sí. Desde que se planta hasta la primera cosecha comercial pasan alrededor de tres años. A eso hay que sumarle la inversión en infraestructura: unos mil seiscientos postes por hectárea para sostener una planta que en la naturaleza trepa sobre árboles y rocas, más el sistema de riego por goteo que necesita para no secarse en los meses de mayor calor. No es un cultivo para probar con poca plata ni con apuro.

Cuando la inversión rinde, lo hace de manera escalonada. La temporada arranca a fines de diciembre y se extiende casi hasta mayo, porque la planta puede tener entre cinco y seis ciclos de floración por año, lo que genera camadas sucesivas de fruta en lugar de una cosecha concentrada. El INTA busca ahora estirar todavía más esa ventana: en algunos ensayos ya prueban iluminación artificial con luces LED para prolongar la floración unas semanas más en otoño, hasta que la temperatura cae por debajo de los quince grados y la planta entra en pausa.

La ecuación productiva tiene un techo climático bien definido. Con menos veinte grados bajo cero la planta puede morir, y las temperaturas ideales rondan los treinta grados de día y veinte de noche, con jornadas de doce horas de luz para inducir la floración. Ese marco explica por qué el mapa de expansión que maneja el INTA no es antojadizo: contempla el corredor que va desde el centro-norte de Corrientes hacia el norte, atravesando Chaco y Tucumán, hasta llegar al norte de Santa Fe y Entre Ríos. Fuera de esa franja, el cultivo puede sobrevivir, pero difícilmente sea negocio.

Hoy la superficie real todavía es chica, apenas unas diez hectáreas repartidas entre Salta, Jujuy, Misiones y Formosa. Pero ya hay productores jujeños vendiendo en el Mercado de Concentración local, donde el kilo llega a cotizar diez mil pesos, y casos como el de una finca de Yuto que además elabora pulpa de pitahaya para darle valor agregado a la fruta que no se vende fresca. Son señales pequeñas, pero consistentes, de que el cultivo empieza a salir del terreno experimental para meterse en la economía real del norte argentino.

Lo que el INTA está armando, en el fondo, es el manual que a la pitahaya argentina todavía le faltaba: qué variedad plantar, cómo cruzarla, cuánta luz necesita y hasta cuándo se le puede estirar la cosecha. Falta saber si el mercado va a acompañar ese esfuerzo al mismo ritmo que la genética.

La pulpa no es solo atractiva a la vista: tiene un perfil nutricional que explica buena parte del interés que despierta. Es rica en vitamina C y en antioxidantes como fenoles y betalaínas, lo que la vuelve un aliado natural contra los radicales libres. Sus semillas, comestibles y diminutas, aportan omega 3 y omega 9, ácidos grasos que colaboran con la salud cardiovascular. En la variante roja aparece además el licopeno, el mismo pigmento que le da color al tomate, con estudios preliminares que exploran su potencial en la prevención de ciertos tumores. Vitaminas del complejo B, fibra que favorece la digestión y un aporte calórico bajo terminan de completar un combo que la ubica, cada vez más, entre las frutas funcionales que buscan tanto el mercado gourmet como el consumidor que cuida lo que come.

Fuentes:

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