Desilusionados y desesperanzados: "Es lo mejor que nos puede pasar"

Desilusionarse y dejar de esperar es un desplazamiento interior. Emerge una lucidez más rigurosa: la capacidad de mirar la realidad tal cual es y asumirla sin el sostén de promesas ajenas.

Notas de Autor17 de diciembre de 2025VanelogaVaneloga

El momento exacto en que algo se acomoda

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Hay palabras que no buscan agradar. Desilusionados. Desesperanzados. No están hechas para consolar ni para suavizar la experiencia. Nombran, con crudeza, un punto de quiebre. Y sin embargo, pocas situaciones son tan fértiles como esa. Porque desilusionarse : es salir. Y dejar de tener esperanza no es rendirse: es dejar de esperar.

Salir de la ilusión es raro y es doloroso. La ilusión cumple una función anestésica. Permite sostener vínculos, trabajos, ideas y promesas que en el fondo sabemos que no se sostienen. La ilusión justifica la demora, maquilla la incomodidad y posterga la decisión. Mientras uno está ilusionado, siempre hay algo más adelante que supuestamente va a acomodar todo.

Cuando la ilusión se rompe, no queda el vacío que se teme. Queda la realidad tal cual es. Y eso, aunque áspero, tiene una virtud central, la del no engaño. 
Desarma el relato protector. Obliga a mirar sin intermediarios. No promete, no calma, no distrae. Pero devuelve algo que la ilusión había erosionado: criterio propio.

Algo similar sucede con la desesperanza. Durante mucho tiempo se la confundió con derrota, cuando en realidad es una forma de emancipación. Dejar de esperar es dejar de delegar. El que espera, posterga su movimiento. Vive en función de un mañana que nunca termina de llegar. El que espera suele aceptar más de lo que debería, porque siempre hay una expectativa futura que lo mantiene quieto.

Ser desesperanzado, en este sentido, es cuando ya no hay promesas ajenas que sostener ni discursos que tolerar. La vida deja de organizarse alrededor de un futuro abstracto y empieza a jugarse en el único territorio posible: el presente. Y en ese presente aparece una responsabilidad más exigente, pero también más honesta: hacerse cargo sin relatos tranquilizadores.

No es casual que las estructuras frágiles necesiten personas ilusionadas y esperanzadas. Son más previsibles, más manejables, más dispuestas a esperar un poco más. En cambio, alguien desilusionado y desesperanzado observa con atención. No se deja arrastrar por consignas fáciles ni por fórmulas repetidas. Mira lo que hay, no lo que se promete.

Hay una forma de madurez que llega cuando se acepta que nadie va a venir a ordenar el desorden. Que no existe el momento perfecto esperando a la vuelta de la esquina. Esa aceptación es madurar, en este caso como sociedad.

Quien atraviesa la desilusión y abandona la espera no queda vacío, queda disponible. Disponible para pensar con autonomía, para decidir sin pedir permiso, para asumir que la vida no garantiza nada y justamente por eso exige atención plena. No hay resignación en ese gesto, hay una forma de claridad que no necesita ser celebrada para ser firme.

Tal vez ahí resida una de las pocas libertades reales: vivir sin expectativas prestadas, sin futuros imaginarios que ordenen el presente. Estar, simplemente, donde se está, sostener la propia dignidad como un acto cotidiano, silencioso y profundamente propio.

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