


De profecías, guerras e ilusiones
VanelogaLas estaciones del tiempo y el pulso del caballo

Comprender una profecía exige, ante todo, comprender la arquitectura del tiempo. La realidad no se despliega como una línea recta sino como un tablero de estaciones sucesivas donde la humanidad avanza, tropieza, aprende y vuelve a ensayar las mismas lecciones bajo nuevos disfraces. Cada ciclo repite su estructura esencial, aunque cambien los nombres, los imperios y los escenarios.
En ese movimiento constante, algunos hombres y mujeres lograron advertir la repetición antes que el resto.
A esa lectura anticipada la llamamos profecía. Desde la metafísica, el tiempo es circular; lo que hoy irrumpe como inédito ya tuvo una versión anterior. La novedad reside en la forma, no en el fondo, porque es precisamente ese entramado de repeticiones el que revela la calidad del aprendizaje humano.
La tradición oriental comprendió esta dinámica con una claridad milenaria. El concepto de samsara describe la rueda perpetua de nacimiento, experiencia y transformación. Los sabios chinos tradujeron esos ciclos en símbolos animales dentro de su calendario lunisolar. Cada año porta un temperamento específico, una vibración dominante que influye en el clima colectivo.
El caballo simboliza impulso, decisión, vigor expansivo. Cuando ese arquetipo gobierna el ciclo, la historia acelera su paso. El 2026 comenzó con esa impronta: movimientos abruptos, tensiones que escalan con rapidez y una intensidad que no todos están preparados para sostener. El caballo es noble y poderoso; también puede desbordarse si carece de dirección interior.
Las guerras contemporáneas, las disputas geopolíticas, la reorganización de alianzas estratégicas y la competencia tecnológica integran una estación recurrente del tablero humano. La historia demuestra que los conflictos reaparecen bajo nuevas máscaras. La cuestión decisiva es el grado de conciencia con que se los atraviesa.
Benjamín Solari Parravicini, quien desde Argentina dibujó escenas que anticipaban convulsiones globales y un papel singular para el Cono Sur. Sus imágenes sugerían que, tras la tempestad, emergería en estas latitudes una función de equilibrio.
Un capítulo decisivo en esa línea interpretativa lo desarrolló Pedro Romaniuk en su libro Cono Sur, donde profundizó la lectura geopolítica y espiritual de las psicografías. Allí retoma la profecía que anuncia que Argentina será “la samaritana del mundo”: una nación llamada a asistir, contener y ofrecer estabilidad en un escenario internacional desgastado por guerras prolongadas y centros de poder agotados. La metáfora del samaritano remite al auxilio desinteresado y a la capacidad de sostener cuando otros caen. En esa visión, el sur del continente no aparece como periferia sino como reserva estratégica y moral en una etapa de reordenamiento global.
Si el tablero del tiempo vuelve a girar y el caballo de 2026 marca un ritmo acelerado, la pregunta ya no reside en si el ciclo fue anunciado. La cuestión es si el Cono Sur sabrá asumir, llegado el momento, la responsabilidad histórica que esas interpretaciones le atribuyen. Las estaciones se suceden. La historia se mueve. El desenlace dependerá de la conciencia con que se transite esta nueva posta.
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