Crecer bajo la sombra del narcisista

La experiencia de una infancia atravesada por una presencia que todo lo mide, todo lo observa y todo lo condiciona.Y bajo ella se forman carácter, heridas y una mirada que aprende demasiado pronto y los pinches tiranos. Carlos Castaneda
Notas de Autor15 de febrero de 2026VanelogaVaneloga

Para quien todavía no logra nombrarlo

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Últimamente escuché hablar mucho sobre esta condición de la mente. Para comenzar, hablemos de ella.

Cuando un niño crece en dificultades emocionales constantes, encuentra un vehículo para poder sobrevivir: desconecta sus emociones. Con el tiempo se convierte en un adulto que no puede conectar con lo que siente y, menos aún, con lo que sienten los demás. Entonces comienzan otros mecanismos para sostenerse en la adultez: la imitación, el manejo. Necesita el manejo para poder realizar una mejor actuación, ejercer poder sobre el otro, a veces en un extremo inexplicable.

Muchas veces el poder se ejerce a través del dinero, pero otras tantas se ejerce simplemente con una mirada. Cuando te toca crecer con un adulto narcisista en esta condición tan extrema, te volvés resiliente. La mente entra en disonancia durante mucho tiempo hasta que, un día, clic: lo descubrís, lo ves todo, porque lo observaste tanto en silencio que comenzás a reconocer el patrón. Y entonces adquirís un superpoder: el poder de la observación.

El hijo de un narcisista se vuelve un sabio, y es en ese clic donde comienza esta historia. El día del clic es particular, porque durante un tiempo no terminás de entender si el que tiene problemas sos vos. En cierto modo, sí, porque el hijo del narcisista arrastra secuelas que traen otro tipo de dificultades.

Una de ellas es su propio subconsciente. El subconsciente busca patrones vividos porque eso genera un lugar de confort, una sensación de seguridad en algo conocido. Entonces el hijo del narcisista repite la historia, busca patrones familiares, hasta que llega el segundo clic, y es ahí donde ya no hay más máscaras.

En el segundo clic está la repetición y es allí donde empieza la comprensión de todo lo vivido hasta el momento. ¿Qué puede detonar el primer clic? La muerte de este narcisista, la caída al vacío de este narcisista, la caída de su máscara, porque esa máscara tiene sus limitaciones. Llega un momento en que ya no tiene recursos de quién imitar, por más inteligente que sea.

Entonces, quien ha sido sometido a su sombra simplemente lo ve. En el segundo clic es donde tal vez comience la terapia para no volver nunca más a repetir una situación así.

Quien creció bajo la sombra de un narcisista suele cargar con marcas precisas que atraviesan su carácter, su modo de vincularse y su percepción de sí mismo. No son rasgos superficiales; son configuraciones aprendidas en un contexto donde la validación estuvo condicionada.

Baja autoestima: dificultad para reconocer el propio valor sin confirmación externa.
Desconexión emocional: distancia respecto de los propios sentimientos.
Duda constante: inseguridad frente a la propia percepción de la realidad.
Repetición de patrones: tendencia a reproducir vínculos conocidos, aun cuando resulten dañinos.

Y, al mismo tiempo, virtudes.

Observación aguda: capacidad de leer detalles que otros no advierten.
Resiliencia: fortaleza para atravesar contextos adversos.
Intuición desarrollada: sensibilidad para detectar tensiones invisibles.
Creatividad: construcción de una vida interior intensa como forma de sostén.

En Viaje a Ixtlán, don Juan explica:

“Un pequeño tirano es un hombre o mujer que tiene el poder de dar la muerte.”

Los pinches tiranos - El Fuego Interno - Carlos Castaneda - Voz: Chavenato

Carlos Castaneda relataba que su maestro, don Juan Matus, hablaba del “pinche tirano”. Contaba que, en su juventud, había trabajado para un hombre violento que cada noche lo buscaba con intención de humillarlo o matarlo. El peligro no era simbólico. Era real. Don Juan debía medir cada palabra, cada movimiento, cada gesto. No podía responder con enojo ni con miedo. Tenía que mantenerse sereno mientras el otro descargaba su poder.

La escena se repetía noche tras noche. El tirano lo provocaba, lo exponía, lo sometía a pruebas absurdas. Don Juan comprendió que si reaccionaba desde la ira, perdía. Si reaccionaba desde el miedo, también perdía. Entonces comenzó a observar. Aprendió a calcular distancias, tiempos, silencios. Aprendió a no dar un paso innecesario.

Vivió así durante un período prolongado, bajo amenaza constante. Hasta que una noche el tirano muere por circunstancias ajenas a él. Y en ese momento comprendió algo decisivo: el peligro había sido real, pero el aprendizaje ya estaba incorporado. La disciplina, la precisión, la sobriedad no dependían más del tirano. Ya eran propias.


“Mi benefactor solía decir que un guerrero que se topa con un pinche tirano es un guerrero afortunado…”

La sombra deja marcas. También deja herramientas. Lo que cada uno haga con ellas pertenece a otra etapa de la historia.

Tengas la edad que tengas, siempre hay tiempo para reordenar lo vivido. Para interrumpir la repetición. Para elegir distinto. Para dejar de actuar y empezar a habitar.

La sombra puede haber sido larga. Pero no es infinita.

Lo que resta por vivir en esta dimensión puede ser consciente, sabio y disfrutable. Y esta vez, sin miedo.

Te espero del otro lado de la orilla, donde estamos quienes ya lo dejamos atrás. Nos quedamos con la sabiduría, con el progreso evolutivo y con el disfrute.

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