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Actualidad03 de enero de 2026
Vaneloga
Estas partículas son invisibles al ojo humano, pero no pasan desapercibidas para el cuerpo. Se trata de fragmentos minúsculos –microplásticos y nanoplásticos– que se desprenden del envase durante todo su ciclo de vida: desde la fabricación hasta el traslado, el almacenamiento, el apilamiento, la exposición al calor y, finalmente, el consumo.
Botellas hechas con PET –el plástico derivado del petróleo más común en el envasado de agua– liberan microfragmentos al mínimo estrés mecánico o térmico. Basta con dejar una botella al sol, apretarla sin querer o reutilizarla una vez para que el proceso de degradación del plástico ya esté en marcha.
Cuando se toman muestras de agua embotellada, los resultados sorprenden: algunos litros analizados llegaron a contener hasta 240.000 fragmentos de plástico microscópico. Aunque muchas veces el envase parezca nuevo o limpio, la contaminación ya está presente. En cambio, el agua de la canilla, en condiciones controladas, puede tener entre 0,01 y 0,05 partículas por litro, dependiendo de la fuente y el tratamiento.
El cuerpo humano no está preparado para lidiar con estos compuestos. Las partículas más grandes pueden ser expulsadas, pero las más pequeñas logran atravesar la pared intestinal y llegar al torrente sanguíneo. Desde allí, migran hacia distintos órganos, donde pueden acumularse. Los efectos posibles no son menores: inflamación crónica, estrés celular, alteraciones hormonales, trastornos neurológicos y daño reproductivo son algunos de los impactos que se estudian hoy. Y aunque no hay certezas absolutas sobre las consecuencias a largo plazo, la comunidad científica insiste en que estamos ante una amenaza crónica que no debería ignorarse.
En Argentina no hay estudios oficiales recientes que midan la cantidad de microplásticos en las marcas locales de agua embotellada. Pero las botellas que circulan en el mercado nacional están hechas con la misma tecnología y materiales que en el resto del mundo. El PET sigue siendo el material predominante, las tapas se fabrican con polipropileno y los procesos de embotellamiento no difieren de los usados en Estados Unidos, Europa o Canadá. Si allá se confirma la liberación de partículas, es razonable asumir que acá también pasa lo mismo.
Peor aún: el impacto no termina cuando la botella se vacía. El plástico de un solo uso tarda entre 400 y 500 años en degradarse en la naturaleza. Durante ese tiempo, se rompe, se fragmenta y termina contaminando ríos, suelos y océanos. Las mismas partículas que hoy ingerimos pueden volver a nosotros mañana a través de los alimentos, el aire o el agua. Es un ciclo de contaminación sostenida, global y regresiva.
El problema es estructural, pero la salida también empieza por lo individual. Si tenés acceso a agua potable segura en tu casa, es mejor opción que cualquier botella. Si no confiás en la calidad del agua de red, podés usar filtros domésticos accesibles. Para trasladarte, elegí botellas reutilizables de vidrio o acero inoxidable, (certificadas, ojo con las de baja calidad ), que no liberan residuos. Y evitá reutilizar envases plásticos descartables, que no fueron diseñados para eso y liberan aún más microplásticos con cada uso.
Hay momentos en los que el agua embotellada puede ser necesaria: en emergencias, durante viajes o ante la falta total de acceso a otra fuente segura. Pero convertirla en una rutina diaria es cargar el cuerpo con residuos plásticos sin saberlo. Y pagar más por un producto que, lejos de cuidar, contamina.
Beber agua no debería implicar riesgos. Pero hoy, el envase que promete hidratación trae consigo una amenaza invisible que no aparece en la etiqueta. Y mientras la regulación duerme y la industria no responde, lo único que podemos hacer es elegir con información. Ahora lo sabemos: el plástico también se toma.
Fuentes:
Universidad Concordia (Canadá)
Journal of Hazardous Materials
Orb Media
Scientific Reports
World Health Organization
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