Alcanfor: ciencia, tradición y usos reales

Una sustancia aromática con efectos biológicos comprobados, usos industriales y una presencia persistente en la memoria sanitaria de los hogares argentinos.

Notas de Autor29 de enero de 2026VanelogaVaneloga

Material vegetal disecado y aroma: una práctica doméstica con base botánica

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El alcanfor es  persistente en la historia del cuidado doméstico. No es una planta medicinal clásica ni un fármaco moderno, pero tampoco es un simple perfume. Es una sustancia química , con efectos biológicos, que durante décadas fue usada como recurso cotidiano frente al frío, la humedad, los insectos y las afecciones respiratorias . La ciencia explica hoy lo que las abuelas aplicaban por experiencia.

En la Argentina, el árbol del alcanfor (Cinnamomum camphora) no es un cultivo productivo a gran escala, pero sí está presente de manera ornamental y experimental en distintas regiones del país. Se lo encuentra principalmente en el noreste argentino (Misiones y norte de Corrientes), donde el clima subtropical húmedo permite su buen desarrollo, y también en zonas templadas del centro del país, como Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe, plantado en parques, estancias y arboledas antiguas.

En estos casos, su presencia responde más a decisiones paisajísticas y a usos domésticos que a una explotación formal, manteniéndose como un árbol introducido, adaptado al territorio, pero sin integración a una cadena productiva nacional.


Qué es el alcanfor desde la biología y la química

Desde el punto de vista químico, el alcanfor es una cetona terpénica (C₁₀H₁₆O), sólida y altamente volátil. Esa volatilidad explica su capacidad de liberar vapores de manera constante.

El National Center for Biotechnology Information (NCBI) lo define de manera precisa:

“Camphor is a terpenoid ketone that readily sublimates at room temperature, producing vapors that stimulate sensory nerve endings.”
(NCBI – PubChem) 
“El alcanfor es una cetona terpénica que sublima con facilidad a temperatura ambiente, liberando vapores que estimulan las terminaciones nerviosas sensoriales.”

Esa estimulación de las terminaciones nerviosas sensoriales es clave para entender su uso externo y su impacto perceptivo.


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Cómo actúa en el cuerpo humano

En contacto con la piel o por inhalación de vapores, el alcanfor activa receptores sensoriales específicos (TRPV1 y TRPM8), responsables de las sensaciones de frío y calor.

Según una revisión publicada en Clinical Toxicology:

“Camphor acts as a counterirritant by activating transient receptor potential channels, producing a sensation of cooling followed by warmth.”
“El alcanfor actúa como un contrairritante al activar canales sensoriales, produciendo primero una sensación de frescor y luego una percepción de calor.”

Esto no implica curación de enfermedades, pero sí modulación sensorial, alivio subjetivo y estímulo periférico. Por eso fue incorporado durante décadas en: ungüentos musculares, friegas torácicas, vapores aromáticos.

Repelencia e insectos:

El alcanfor también actúa sobre el entorno. Su volatilidad interfiere con los sistemas sensoriales de numerosos insectos, en especial en espacios cerrados.

La FAO, en estudios sobre compuestos aromáticos naturales, describe este fenómeno:

“Terpenos altamente volátiles, como el alcanfor, alteran los receptores olfativos de los insectos, actuando como repelentes eficaces en ambientes cerrados.”

Este dato explica por qué fue durante décadas un recurso habitual para proteger ropa guardada, textiles y placares.

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Cómo lo usaban las abuelas, y para qué

Acá el registro cambia.

Las abuelas no hablaban de receptores sensoriales ni de terpenos. Hablaban de “el pecho”, “el frío” y “la humedad”. El alcanfor aparecía en bolsitas de tela, prendidas al guardapolvo, guardadas en el bolsillo o colgadas en el placard.

Se usaba para:

cuidar el pecho” en invierno,
despejar la nariz con solo olerlo,
proteger la ropa guardada,
poner una barrera frente a la humedad y los bichos.

Era prevención doméstica y una forma concreta de cuidado en un tiempo con menos médicos, menos calefacción y menos información. Ese uso venía de boticas, farmacias de barrio y tradiciones europeas traídas por inmigrantes.

Lo que la ciencia confirma y lo que descarta

La ciencia confirma:
su efecto sensorial, su capacidad repelente, su acción como contrairritante externo.

La ciencia descarta: su uso interno, su capacidad de prevenir infecciones, su inocuidad absoluta.

Esa distinción permite leer el pasado sin negarlo y usar el presente con criterio.


Quién te dice que no deberíamos recuperar estas tradiciones, que tenían más de ciencia que de leyenda.


Las abuelas no tenían papers
, pero tenían observación sostenida en el tiempo. Vivían en casas frías, con humedad, con menos acceso a sistemas médicos y con cuerpos más expuestos. Aun así, muchas atravesaron décadas con una salud notable.  Ocurrió por hábitos, por atención cotidiana y por una relación más consciente con el cuerpo y el entorno.

El alcanfor, como tantas otras prácticas heredadas, formaba parte de un sistema doméstico de cuidado. Olor intenso, ventilación, friegas, abrigo, reposo. Hoy la ciencia describe que el alcanfor estimula receptores sensoriales, modifica la percepción térmica y actúa como repelente. Esos efectos existen, estén o no escritos en un manual.

Recuperar estas tradiciones no significa idealizar el pasado ni rechazar el conocimiento actual. Significa releerlas con información, entender qué prácticas tenían fundamento biológico y cuáles requerían límites, y conservar aquello que aporta equilibrio y sentido.

En muchos casos, la distancia entre tradición y ciencia no es tan grande. Lo que cambia es el lenguaje con el que se explica.

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Fuentes consultadas
National Center for Biotechnology Information (NCBI) – PubChem, Camphor
Clinical Toxicology Journal – Camphor poisoning and mechanisms
Manual Merck – Toxicología clínica
FAO – Volatile plant compounds and insect repellency
Encyclopaedia Britannica – Camphor
Literatura etnobotánica y registros de boticas tradicionales

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