


Mis muertos tristes
VanelogaLa angustia también tiene forma, tiempo y textura

Terminás un capítulo de Mis muertos tristes y queda una sensación física. Algo pesa. La serie acaba de poner delante de los ojos muerte, enfermedad, precariedad, vínculos desgastados, injusticia y cuerpos que cargan con aquello que ocurrió. Después sigue. Apenas concede espacios de alivio.
Esa acumulación podría haber derivado fácilmente en exceso. Pablo Larraín elige otra dirección: contener, esperar, dejar que el tiempo de cada escena haga su trabajo.
La miniserie de cuatro episodios, disponible en Netflix desde el 24 de septiembre, toma materiales de varios relatos de la escritora argentina Mariana Enriquez y construye una historia alrededor de Ema, una médica recién jubilada que puede ver a los muertos. La llegada de su sobrina Julie y un crimen que atraviesa al barrio Piedrabuena alteran una convivencia con lo sobrenatural que hasta entonces parecía pertenecer a la intimidad. Pero los fantasmas son apenas una parte.
Aguantar también puede ser una forma de vivir
Mercedes Morán compone a Ema desde una economía expresiva notable. Hay cansancio en el cuerpo antes que en las palabras. Miradas que duran, gestos pequeños, una forma de responder que revela a alguien habituado a convivir con circunstancias que la superan.
En Mis muertos tristes, casi todos parecen tener algún límite delante. Afectivo, económico, espiritual, familiar. También existe el límite más desesperante: no comprender.
La muerte ocurre. La violencia ocurre. Una persona desaparece de nuestra vida y, algunas veces, tampoco sabemos qué hacer con aquello que permanece.
De allí surge una de las fuerzas más interesantes de la serie: la impermanencia convive con personajes que se resisten a desaparecer. Los muertos permanecen mientras los vivos intentan seguir. Y entre ambos aparece la memoria, a veces afectuosa y otras veces brutal.
También está la impunidad. Hay dolores que podrían encontrar alguna forma de elaboración; otros siguen abiertos porque nunca hubo reparación. Esa diferencia atraviesa el relato y convierte al fantasma en algo mucho más complejo que una aparición destinada a provocar miedo.
Buenos Aires entra en cuadro
La elección de las locaciones resulta decisiva. Piedrabuena, en Villa Lugano, aporta sus bloques, corredores, pasarelas, patios y grandes estructuras de hormigón. El espacio tiene peso dentro del encuadre. Los personajes parecen pequeños frente a ciertas construcciones, contenidos por líneas arquitectónicas que ordenan el cuadro y, al mismo tiempo, reducen sus posibilidades de movimiento. También aparece el Hospital de Clínicas, inmediatamente reconocible para buena parte del público porteño.
Hay una Buenos Aires concreta en la serie. Una ciudad alejada de la postal, construida desde materiales, distancias, hospitales, viviendas, calles y deterioros que forman parte de nuestra experiencia urbana.
El diseñador de producción Rodrigo Bazaes encontró en Piedrabuena una arquitectura capaz de expresar también las diferencias sociales que atraviesan la historia. Y esa decisión hace que el paisaje nunca funcione simplemente como fondo.
Una imagen que parece a punto de borrarse
La fotografía de Sergio Armstrong, colaborador habitual de Larraín, trabaja sobre una paleta contenida, con colores apagados, pieles que permanecen integradas al ambiente y una textura que evita la nitidez digital excesiva. Hay algo deliberadamente frágil en ciertas imágenes. Larraín contó que para pensar la representación de los muertos tomó como referencia la pintura de Gerhard Richter, especialmente aquellas obras donde las figuras parecen desdibujarse, desplazarse o estar a punto de desaparecer.
Los fantasmas tienen una cualidad visual extraña: están allí y, al mismo tiempo, parecen perder consistencia. La imagen reproduce algo muy cercano al funcionamiento de la memoria. Recordamos un rostro y alguna parte empieza a borrarse. Intentamos recuperar un detalle y aparece deformado. Algo persiste, aunque ya no podamos retenerlo completo. Esa textura puede pasar inadvertida para quien sigue solamente la trama. Mirada con atención, participa activamente del relato.
El tiempo también cuenta
El montaje de Sofía Subercaseaux entiende que una pausa puede decir tanto como un diálogo. Hay planos que duran algunos segundos más de lo esperado. Miradas cuya respuesta tarda. Conversaciones donde nadie consigue cerrar del todo lo que acaba de ocurrir.
Ese tiempo produce tensión porque impide escapar rápidamente de cada situación. La serie obliga a permanecer un poco más. El sonido profundiza ese efecto. Voces que llegan desde otro lugar, ruidos que todavía no tienen una imagen asociada, respiraciones, ambientes domésticos y urbanos. En una historia donde los muertos pueden ser vistos y escuchados, el oído termina convertido en otro territorio de incertidumbre.
570 horas para construir cuatro capítulos
La precisión de la puesta tuvo también una escala industrial importante: 57 días de rodaje, 176 personas trabajando delante y detrás de cámara y alrededor de 570 horas de material filmado.
Uno de los mayores desafíos técnicos fueron las secuencias subacuáticas. Para realizarlas se construyó en Santiago de Chile un tanque de 8 metros de diámetro y 4,5 metros de profundidad, que necesitó más de catorce camiones de agua para llenarse. Carolina Álvarez realizó entrenamiento específico para las escenas en apnea y el equipo trabajó con tres réplicas hiperrealistas de su cuerpo, combinadas posteriormente con la actuación y la posproducción.
El dato impresiona por su dimensión, aunque importa todavía más el resultado: bajo el agua el cuerpo pierde las referencias habituales, los movimientos cambian y también cambia el tiempo. Allí la técnica encuentra una razón dramática.
Cuando una realidad simplemente duele
Mis muertos tristes exige aceptar que algunas historias no tienen un consuelo preparado para el espectador.
Su potencia aparece precisamente allí. Mariana Enriquez lleva años escribiendo sobre aquello que una sociedad intenta dejar fuera del campo visual: violencias, desigualdades, abandonos, muertos que siguen reclamando atención. Larraín toma ese universo y lo traduce a imágenes donde cada decisión —la duración de una mirada, la distancia entre dos cuerpos, una figura desenfocada, un pasillo demasiado largo— parece medir cuánto puede soportar una escena antes de quebrarse.
Tal vez por eso duele. Porque detrás de los fantasmas hay experiencias perfectamente reconocibles. La impotencia frente a lo irreversible. La necesidad de comprender. El deseo de reparar cuando ya es tarde.
Hay realidades que simplemente duelen. Y Mis muertos tristes encuentra una forma cinematográfica de quedarse frente a ellas el tiempo suficiente para que también las miremos.
Ficha técnica
Mis muertos tristes (2026). Dirección: Pablo Larraín. Basada en relatos de Mariana Enriquez. Guion y adaptación: Mariana Enriquez, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y Pablo Larraín. Fotografía: Sergio Armstrong. Diseño de producción: Rodrigo Bazaes. Montaje: Sofía Subercaseaux. Música: Francisco y Mauricio Durán. Sonido: Miguel Hormazábal, John Warhurst y Mauricio López. Elenco: Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Carolina Álvarez, Carlos Portaluppi, Germán de Silva y Luz Jiménez. Cuatro episodios. Netflix. La versión presentada en el Festival de San Sebastián tuvo una duración de 187 minutos.
Fuentes
Netflix, información oficial y notas de producción de Mis muertos tristes: ficha técnica, proceso de rodaje, equipo, locaciones y secuencias subacuáticas.
EL PAÍS, entrevista a Pablo Larraín y Mariana Enriquez sobre la adaptación y la influencia de Gerhard Richter en la construcción visual de los muertos.



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