


La poda de invierno abre, una vez más, la ventana para plantar algo propio en medio de la ciudad

Vivís en un tercer piso sin un metro de tierra a la vista. Tenés una maceta vacía hace meses, esperando ocasión. Y la ocasión, este julio, tiene nombre: esquejes del Rosedal. Cada invierno, cuando el frío frena el ritmo de los rosales de Palermo, la Comuna 14 organiza la poda y separa con cuidado los gajos que sobran. Después los regala. Sin trámite, sin inscripción, sin letra chica: el que llega, se lleva.
Este año la entrega se hizo en dos tandas. La primera fue el 6, 7 y 8 de julio. La segunda arranca ahora, del 13 al 17, de 13 a 17 horas, en el Paseo del Rosedal, dentro del Parque 3 de Febrero. Se entra por Avenida Presidente Pedro Montt y Avenida John F. Kennedy. Si llueve, se suspende. Punto.
Un jardín de 8.000 rosales que se multiplica en macetas
El Rosedal tiene casi 8.000 rosales de 93 especies distintas, declarado Patrimonio Cultural de la Ciudad desde 2011. En primavera, entre septiembre y noviembre, esos canteros explotan con más de 18.000 flores abiertas al mismo tiempo. Pero antes de esa postal hay trabajo de fondo: la poda invernal ordena la estructura de cada planta, saca ramas débiles, mejora la circulación de aire y prepara el terreno —literalmente— para que la floración de octubre sea más fuerte. Después llega el turno del suelo, con nutrientes y fertilizantes que acompañan el nuevo ciclo.
De esa poda salen los gajos. Y ahí entra el vecino. Se pueden retirar hasta cinco por persona, por orden de llegada, hasta agotar la disponibilidad de cada jornada. Conviene ir con algo para proteger el tallo en el viaje de vuelta: una bolsa, papel húmedo, cualquier cosa que evite que se seque antes de llegar a destino. En el lugar hay voluntarios que explican cómo plantarlo y qué cuidados necesita para prender.
Porque prender, no siempre prende. Un esqueje es apenas un fragmento de tallo con la posibilidad de generar raíces, nada más. Se planta en una maceta con sustrato liviano, se mantiene la tierra húmeda sin pasarse de agua, y se lo protege del sol directo los primeros meses. Con eso alcanza para que, si evoluciona bien, se quede en esa maceta cerca de un año antes de pasar a tierra o a un recipiente más grande. Con paciencia, para la primavera siguiente puede dar sus primeras flores.
Buenos Aires tiene poco verde per cápita y mucho balcón de cemento. La Ciudad lo sabe, y por eso sostiene este gesto año tras año: una manera concreta de que el espacio público se cuele, de a un tallo por vez, en las casas de quienes no tienen jardín propio. No hace falta ser jardinero. Alcanza con las ganas y algo de paciencia para que ese pedazo de Palermo eche raíces donde vivís vos.
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