


Nosotros, que supimos vivir del trueque cuando fue necesario, no le tememos a nada
VanelogaEl FMI advierte sobre una posible nueva crisis inflacionaria global si la guerra altera el suministro energético
Vista aérea de las costas iraníes y la isla de Qeshm en el estrecho de Ormuz (izquierda); vista satelital del estrecho de Ormuz, donde se ha formado un gran atasco de petroleros debido a una intensa interferencia del GPS (derecha). (Fotos: Reuters/marinevesseltraffic.com)
En los últimos días el Fondo Monetario Internacional lanzó una advertencia que no pasó inadvertida en los círculos políticos y financieros del mundo. La directora gerente del organismo, Kristalina Georgieva, pidió a los gobiernos prepararse para “lo impensable” ante la posibilidad de que la escalada del conflicto en Oriente Medio derive en una nueva crisis inflacionaria global.
La preocupación del Fondo tiene un punto de apoyo muy concreto: el petróleo. El barril llegó a aproximarse a los 120 dólares, impulsado por el temor a que la guerra afecte rutas energéticas fundamentales, en especial el estrecho de Ormuz, un corredor marítimo por el que circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercializa en el planeta. Cualquier interrupción en esa arteria energética tendría consecuencias inmediatas sobre el precio del combustible y, por extensión, sobre toda la economía mundial.
El diagnóstico del FMI es claro. Si la energía se encarece de manera persistente, el efecto se transmite rápidamente al resto del sistema productivo. Transporte, fertilizantes, industria y alimentos terminan absorbiendo ese aumento de costos. En ese escenario, los bancos centrales se verían obligados a sostener tasas de interés elevadas durante más tiempo, frenando el crecimiento económico y prolongando un ciclo de inflación que muchos países todavía no logran dejar atrás. Hasta allí llega el razonamiento económico.
Sin embargo, cada vez que el mundo se enfrenta a una crisis geopolítica de magnitud, emerge una reflexión más profunda. Los informes, los análisis y las discusiones públicas vuelven a girar alrededor del mismo eje: mercados, precios, inflación, crecimiento. El conflicto armado, la fragilidad de la vida humana y el impacto social de la guerra quedan, muchas veces, relegados a un segundo plano dentro de ese lenguaje técnico.
La paradoja resulta evidente. Antes de preocuparse por el valor del barril de petróleo o por la estabilidad de los mercados financieros, la humanidad debería preservar algo mucho más elemental: la vida misma.
Desde la perspectiva de los grandes organismos internacionales, la estabilidad económica constituye una prioridad estructural. El FMI fue creado precisamente para vigilar ese equilibrio. Pero la insistencia con la que el sistema global traduce cada crisis en variables financieras revela hasta qué punto el pensamiento dominante sigue atrapado dentro de una lógica estrictamente económica. Como si el mundo estuviera ejecutando, una y otra vez, un programa antiguo.
Aquella experiencia dejó una enseñanza : cuando los sistemas económicos se desordenan, las comunidades encuentran otras formas de sostener la vida.
Por eso la advertencia del FMI abre también una reflexión más amplia. El organismo pide prepararse para un shock inflacionario global. Es comprensible dentro de su misión institucional. Pero la escena mundial recuerda algo más.
Las economías pueden tambalear. Los sistemas financieros pueden reconfigurarse.
Las monedas pueden perder valor. Lo que verdaderamente importa preservar es aquello que no puede reemplazarse, " la vida humana ".
El resto —mercados, indicadores, tasas— siempre termina reorganizándose con el paso del tiempo.
La historia económica está llena de ejemplos. Cada crisis dio origen a nuevas estructuras, nuevas reglas y nuevas formas de intercambio. Incluso cuando el dinero dejó de cumplir su función, las sociedades encontraron caminos para seguir adelante. Tal vez por eso, frente a los anuncios alarmantes de los organismos financieros, muchos recuerdan algo que forma parte de la memoria reciente de este país: cuando fue necesario, el trueque apareció y la vida continuó su curso.
Con el tiempo aparecieron incluso otras formas de organización social todavía más interesantes. Surgieron experiencias como la gratiferia, encuentros comunitarios donde los objetos dejan de intercambiarse y simplemente se comparten. Nadie paga, nadie negocia, nadie calcula equivalencias. Cada persona lleva aquello que ya no necesita y toma lo que puede resultarle útil. Una lógica sencilla que, en momentos de crisis, vuelve a recordar que la cooperación humana suele aparecer cuando los sistemas más rígidos comienzan a fallar.
La idiosincrasia argentina, atravesada por décadas de turbulencias económicas, dejó una marca particular: una capacidad notable para improvisar soluciones cuando el escenario se vuelve incierto. Esa creatividad social, nacida muchas veces de la necesidad, ha permitido atravesar etapas que en otros contextos hubieran resultado paralizantes.
Si el mundo vuelve a enfrentarse a una crisis global, tal vez los organismos financieros calculen inflación, energía y tasas de interés. Mientras tanto, en la vida cotidiana, las sociedades seguirán haciendo lo que siempre han hecho: encontrar nuevas formas de sostenerse y seguir adelante. En ese terreno, la imaginación argentina rara vez se queda sin respuestas.
Fuentes:
Fondo Monetario Internacional – declaraciones públicas de la directora gerente sobre riesgos inflacionarios globales
International Energy Agency – datos sobre comercio mundial de petróleo y tránsito por el Estrecho de Ormuz
Banco Mundial – análisis sobre impacto de shocks energéticos en inflación global
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Vista aérea de las costas iraníes y la isla de Qeshm en el estrecho de Ormuz (izquierda); vista satelital del estrecho de Ormuz, donde se ha formado un gran atasco de petroleros debido a una intensa interferencia del GPS (derecha). (Fotos: Reuters/marinevesseltraffic.com)
