GPS: la brújula que nos domesticó

Entre la intuición perdida, la Guía Filcar y la obsesión por llegar más rápido
Notas de Autor24 de septiembre de 2025VanelogaVaneloga

Entre la terquedad criolla y la obediencia ciega a la pantalla

2024 (78)
El GPS nos regaló la promesa de exactitud: saber cuánto vamos a tardar, en qué esquina doblar y hasta dónde está el delivery de empanadas.

Sin embargo, en ese camino perdimos algo esencial: la intuición, la charla con un transeúnte, la posibilidad de extraviarnos y descubrir. Hoy vamos a repensar qué adoptamos, qué nos quitamos y qué deberíamos recuperar.

El GPS apareció como un mesías tecnológico. Una voz de mujer española,  que ordena con la seguridad de un general prusiano: “Gire a la izquierda”. Prometía desterrar discusiones de pareja, vueltas inútiles y extravíos incómodos. Rapidez y precisión, como si la vida pudiera reducirse a un cálculo de minutos.

Pero la relación con el GPS nunca fue tan sencilla. Muchas veces somos tercos: vemos que la pantalla nos insiste en redirigirnos por otra calle, pero nos mandamos igual convencidos de que “yo sé por acá”. Y terminamos en un embotellamiento eterno o en un corte que nos deja parados.

En el otro extremo, está la obediencia ciega: seguimos cada orden del aparato como si fuera la voz de un mariscal, incapaces de rebelarnos ante su autoridad. Al principio esa voz robótica nos irritaba, nos parecía invasiva, hasta ridícula.  Hoy, en cambio, la necesitamos todos los días: no salimos sin abrir la app, como si la ciudad sola ya no alcanzara para orientarnos.

Una línea de tiempo de cómo llegamos hasta acá

1950: en Argentina aparece la Guía Filcar, un mapa de papel con sistema de cuadrículas e índice de calles. Fue la brújula de varias generaciones.
1978: el Departamento de Defensa de EE.UU. lanza los primeros satélites del sistema GPS (Global Positioning System). En sus orígenes era exclusivamente militar.
1990: el GPS empieza a ofrecerse a civiles en todo el mundo, aunque con precisión limitada.
2000: el entonces presidente Bill Clinton habilita el acceso sin restricciones, lo que abre la puerta a la navegación masiva.
2007 en adelante: con la llegada de los smartphones, el GPS se vuelve parte inseparable de la vida diaria. En Argentina, Google Maps y Waze transforman la movilidad urbana.

Hoy: el GPS no solo orienta: mide distancias en relojes deportivos, organiza repartos de apps de delivery, controla flotas de camiones y hasta ubica un celular perdido en el living.
 
Lo que aportó: la dictadura del tiempo exacto

El gran aporte fue la obsesión por el tiempo. Ya no llegamos “en un rato”, sino “en 23 minutos según la app”. El algoritmo se volvió dueño de nuestra ansiedad: sabemos cuánto tarda un auto en llegar, un delivery en tocar el timbre o un paquete en aparecer en la puerta.

Además, su integración con las apps de reparto y movilidad redibujó nuestra vida urbana. Hoy controlamos el recorrido de un motoquero en tiempo real, seguimos a un Uber como si fuese una pieza de ajedrez y hasta programamos vacaciones confiando en una pantalla. El GPS se convirtió en la brújula global que organiza ciudades, comercios y hábitos.

Lo que quitó: la intuición y el contacto humano

En esa precisión, perdimos algo esencial: la intuición. La gimnasia de leer el sol, reconocer una plaza como punto de referencia o simplemente preguntar en un kiosco. ¿Cuántos de nosotros todavía recordamos cómo llegar sin mirar la pantalla?

El GPS también nos quitó la escena costumbrista de preguntar en la calle. Ese diálogo breve y humano en el que el vecino no solo te marcaba la dirección, sino que te regalaba una anécdota del barrio. Lo que hoy parece pérdida de tiempo, antes era parte de la experiencia de andar. Y peor: ya no nos permitimos perdernos. Descubrir una librería escondida, un mural en un pasaje o un bar secreto eran efectos secundarios del extravío. Hoy el camino está trazado, y nosotros obedecemos.

Nostalgia en papel: la Guía Filcar

Antes del GPS, existía la Guía Filcar. Nacida en los años 50, fue durante décadas el mapa de papel por excelencia de los argentinos. Con su sistema de cuadrículas y un índice exhaustivo, acompañó a generaciones enteras en las guanteras de los autos. Era común verla doblada, marcada con birome o con páginas gastadas por tanto uso.

Con la llegada de los GPS, la Filcar perdió protagonismo, pero sigue siendo un recurso invaluable en rutas sin señal o pueblos sin internet. Más que un mapa, representa un tiempo donde orientarse implicaba memoria, observación y paciencia. Una brújula cultural que nos recuerda que el papel, a veces, puede más que el satélite.


Lo que deberíamos recuperar

La intuición: volver a ejercitar la mirada y la memoria.
El preguntar: recuperar la costumbre de hablar con el otro, aunque sea para pedir una dirección.
El arte de perderse: entender que desviarse también forma parte del viaje.
 
Lo que deberíamos adoptar definitivamente

La precisión del tiempo: esa capacidad de saber cuánto falta para llegar ya forma parte de nuestra vida urbana y laboral.
La logística inteligente: en transportes, repartos y emergencias, el GPS es una herramienta que ya no podemos soltar.
La multiplicidad de usos invisibles: está en los autos, celulares, drones, relojes deportivos y hasta en aplicaciones de citas. El GPS nos rodea más de lo que creemos.
 
El desenlace: entre la brújula y el algoritmo

Hoy el GPS está tan incorporado que ni lo pensamos. Nos guía, nos mide y nos vigila. Lo usamos para correr en Palermo, para ubicar un globo en Ezeiza o para seguir un dron en el campo. La tecnología no solo nos orienta: también nos condiciona.

El GPS nos dio rapidez y control, pero nos quitó intuición y contacto humano. Nos acostumbró a no equivocarnos, a no desviarnos, a no preguntar.

Sin embargo, muchos de nosotros seguimos sintiendo esa nostalgia por lo perdido: el tacto del papel de un mapa, la charla con un desconocido en la esquina, el impacto de un lugar que aparecía de golpe porque nos habíamos desviado.

Nos encanta la tecnología,sí, pero quizá el verdadero riesgo no sea perdernos en la ciudad, sino olvidarnos de esa humanidad que solo se revela cuando nos damos permiso de perder el rumbo.

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