Tal vez haya una razón más íntima detrás de la fascinación que genera este árbol milenario. El olivo y el ser humano llevan miles de años compartiendo suelo, alimento, cultura y tiempo. En esa convivencia extendida, la genética abre una pregunta tan científica como sensible: ¿cuánto de esa historia común quedó inscripta en el mismo ADN de la vida?