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title: "La línea de la pobreza"
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description: "Desde 1992 el Estado mide, mes a mes, la distancia exacta entre alcanzar y no alcanzar. Hay pobrezas, sin embargo, que ningún informe logra medir"
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date_published: "2026-09-11T11:19:00-03:00"
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tags:
  - "canasta básica"
  - "dignidad"
  - "línea de pobreza"
  - "Padre Opeka"
  - "pobreza"
author_name: "Vaneloga"
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category_name: "Notas de Autor"
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category_description: "Una mirada íntima y reflexiva sobre temas actuales, con análisis profundos y perspectivas únicas que invitan a la reflexión y el debate"
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# La línea de la pobreza

## Treinta años trazando una frontera que no se ve, pero se siente  
  
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Apenas escuchás la estadística, **una línea imaginaria aparece en tus pensamientos.** Y empezás, de manera intuitiva, a medir: cuán lejos estás de cruzarla, de quedarte sin lo más elemental. Estar lejos de esa línea parece dar un alivio. Estar debajo te ubica en una situación todavía más penosa. Hay otros que están del otro lado, y vos no llegás.

Esa línea tiene padres, y tiene fecha de nacimiento: 1992. Antes de eso, la pobreza en la Argentina se intuía: se la veía en un rancho, en una changa que no llegaba, en un rumor de barrio. El primer intento serio de ponerle un número llegó en 1988, con un estudio que buscaba localizar la pobreza puerta por puerta usando el censo. Pero recién en 1992 el Estado decidió que ya no alcanzaba con intuir: armó una canasta —alimentos, transporte, salud, educación— y dijo esto es lo mínimo para no caer. Todo lo que quede por debajo, cae. El objetivo, en apariencia noble, era convertir la angustia en política pública: si se puede medir, se puede combatir.

Lo curioso es que esa canasta, la que hoy define si una familia entera pasa o no pasa la línea, **sigue construida sobre los hábitos de consumo de hogares de hace casi treinta años.** Comemos distinto, nos movemos distinto, gastamos distinto. Pero la vara con la que se mide si alcanzamos a vivir dignamente todavía responde a otra época, a otra mesa, a otro país.**Medimos el presente con una regla del pasado.** Y hubo, además, un tramo entero en el que directamente dejamos de medir: entre 2013 y 2016, la cifra oficial desapareció durante tres años. **La pobreza siguió ahí. Lo que faltó fue el coraje de nombrarla.**

Hoy la cifra volvió a actualizarse, puntual, fría.**En agosto de este año una familia de cuatro integrantes necesitó más de un millón seiscientos mil pesos para no cruzar esa frontera**, un salto del dos coma seis por ciento en un solo mes, casi un punto por encima de la inflación general. En lo que va del año, esa misma línea ya subió más de veintidós puntos.**Cada vez que ese número sube, hay familias enteras que sienten cómo el piso se corre un poco más lejos de sus pies.**

Es una crueldad, si lo pensamos bien, reducir a un guarismo la angustia de no llegar a fin de mes. Y sin embargo hablamos apenas de lo material.**Porque si midiéramos las miserias humanas, la pobreza del alma, estaríamos mucho peor parados**. Esa no tiene canasta ni organismo que la calcule, y sin embargo también empuja a la gente por debajo de una línea, una que no figura en ningún informe oficial.

¿Qué significa, entonces, ser pobre? ¿Quién decidió que esa palabra fuera sinónimo de fracaso, y quién, del otro lado, se animó a romantizarla, a vestirla de resignación digna, de "pobre pero feliz", de relato edificante para consuelo ajeno? **Entre esos dos extremos —el número que deshumaniza y la frase hecha que adormece— se pierde lo único que importa: la persona.**

Hay quienes eligieron plantarse justo en el medio de esa discusión, con las manos en la tierra. El Padre Pedro Opeka, argentino que hace medio siglo eligió vivir entre los más pobres de Madagascar, construyó ahí su respuesta. No lo traemos acá por una cuestión religiosa, sino porque la idea que defiende se comparte más allá de cualquier credo. Lo dijo sin medias tintas: "**la pobreza no es una fatalidad del destino, es algo producido por los hombres".** No hay resignación posible en esa frase. **La pobreza se resuelve devolviéndole a la persona el lugar de protagonista de su propio destino**, con trabajo, con disciplina, con dignidad. Es una provocación a un sistema que, muchas veces, prefiere administrar la pobreza antes que erradicarla.

Ser protagonista de tu propio destino no alcanza con quererlo. Hace falta lo mínimo: acceso a los recursos básicos. **Cuando ese mínimo falta, aparece la vulnerabilidad de verdad, la que no se resuelve sola. Ahí hace falta una mano que ayude a pararse.** Y esa vulnerabilidad atraviesa la economía de una familia que no llega a fin de mes, la de una empresa que no encuentra la salida del embrollo,**la de un país entero que todavía no entendió que la prioridad, siempre, tiene que ser la persona.  
  
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